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miércoles, 2 de mayo de 2018

CUTTING; UN DRAMA JUVENIL Y SOCIAL


Cutting: inquieta el aumento del número de chicos que apelan a esta riesgosa conducta
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Crecieron las consultas sobre niños y jóvenes que se cortan la piel; los especialistas advierten que el fenómeno está relacionado con problemáticas como el bullying y los trastornos de la alimentación
Olivia tenía 14 años cuando decidió cortarse por primera vez. No recuerda si sacó la idea de Internet o de alguna película, pero sí que fue al baño, agarró una hoja de afeitar y se hizo tajos superficiales en los brazos. Es hija única y en esa época se sentía muy sola. El bullying del que era víctima en el exclusivo colegio al que iba se había vuelto insoportable y en su casa no estaba bien visto llorar: su papá no entendía qué la angustiaba tanto y su mamá se ponía nerviosa.
Los cortes se convirtieron en su método de "descarga", y lo que empezó siendo un ritual que repetía a escondidas en momentos en que "no daba más" se volvió frecuente, con lastimaduras más profundas en los muslos.
Si bien no hay cifras oficiales sobre la cantidad de casos, los especialistas -psiquiatras, psicólogos y expertos en trastornos de la alimentación- advierten que en los últimos años aumentó considerablemente el número de quienes recurren al cutting, una conducta riesgosa y compulsiva que busca liberar emociones intensas o disminuir el estrés. Cuando la angustia y el dolor psíquico son tan fuertes, el dolor físico, más concreto e intencionalmente provocado, es usado como distractor.
Un escape momentáneo o un alivio fugaz; una sensación similar a la de tirarse a una pileta fría un día sofocante de verano o a la relajación que se produce al final de una actividad física intensa. Así describen su experiencia los niños, niñas y adolescentes que recurren a esta forma de autolesión, que afecta sobre todo a mujeres de entre 14 y 20 años y que implica cortarse en los tejidos superficiales de las muñecas, brazos, piernas y muslos.
Asociada con cuadros de depresión, ansiedad, trastornos de la alimentación o límite de la personalidad, entre otros, esta práctica aparece a edades cada vez más tempranas. Se inserta en el marco de la cultura de la "inmediatez" (donde se buscan "escapes" rápidos a la angustia) y el culto al cuerpo, motorizada por el efecto "contagio" que producen las redes sociales y algunas películas o series.
"Hubo una baja en la edad de consulta. Tengo pacientes de 11 que se cortan", asegura Juana Poulisis, psiquiatra, magíster en psiconeurofarmacología y especialista en trastornos alimentarios.
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En la misma línea, Mónica Zac, psiquiatra y psicoanalista infantojuvenil, aporta: "Este fenómeno se volvió más masivo y se está empezando a ver en chicos más pequeños. Si bien se da generalmente en mujeres, recibimos varios casos de varones". Por otro lado, subraya que estas conductas autolesivas "no representan por sí mismas ninguna patología o estructura psíquica determinada", sino que pueden relacionarse con distintos cuadros.
Mangas largas en pleno verano o una gran cantidad de pulseras para cubrir los brazos; prendas que tapen los muslos o curitas son algunos de los métodos que usan las chicas para esconder las heridas. Muchas veces, esta conducta puede detectarse en la escuela antes que en la casa (ver aparte), pero siempre esconde un desesperado pedido de ayuda y la imposibilidad de poner en palabras emociones intensas. Por eso, trabajar con el entorno familiar y social resulta fundamental.
Zac aclara que el cutting por definición implica que los daños al propio cuerpo no deben ser con fines "autolíticos" (suicidas) sin por esto dejar de ser riesgosos.
"A veces el mismo corte que no producía daño se va repitiendo y puede ser más profundo -describe-, lo que puede terminar en una lesión que va a necesitar tratamiento o en una muerte no intencionada".
Vulnerabilidad emocional
Poulisis explica que la base del cutting es la vulnerabilidad emocional: es decir, una sensibilidad más alta al enojo, la tristeza, el miedo, los celos o la vergüenza, que generan respuestas de gran intensidad y un retorno lento a la calma.
"Todos tenemos emociones, pero en estos pacientes son muy potentes y no tienen otros recursos o habilidades aprendidas para tolerarlas y calmarse", dice. Sin embargo, aclara que el déficit en las destrezas para "pasar la ola o el tsunami de emoción" sin lastimarse puede ser entrenado: aprender a regularse es posible para estos jóvenes.
Por otro lado, subraya que hay dos factores involucrados en esta conducta: la disposición neurobiológica y el contexto ambiental en el que creció el niño (la familia y el grupo de pares), que se caracteriza en estos casos por ser "disfuncional e invalidante".
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Ese combo explosivo suele detonarse en el comienzo de la adolescencia, cuando hay más dudas, situaciones de rechazo y cambios hormonales.
"Hay dos formas de invalidar y ambas van socavando poco a poco la autoestima", subraya Poulisis. Una implica reaccionar exageradamente ante el otro, lo que se suele dar en familias donde hay mucha emocionalidad expresada y frente a un conflicto acostumbran a gritar o romper cosas. Esto se traduce, por ejemplo, en retos desmedidos y desacreditaciones ante lo que es considerado un fracaso del chico, como una mala nota.
"La otra, muy frecuente en familias autoexigentes o perfeccionistas, se vincula con el responder demasiado poco: cuando el chico dice 'me saqué 10', le dicen 'bueno, esa es tu responsabilidad, es lo que tenías que hacer'", describe. Y aclara: "El cutting se da tanto en chicos impulsivos como en aquellos que se autocontrolan excesivamente".
También situaciones como el abuso sexual o físico y el bullying pueden disparar la automutilación en respuesta al desgarro emocional que desencadenan.
El efecto contagio
Por otro lado, los referentes consultados señalan que hubo una serie de disparadores que influyeron en el auge de esta práctica. Entre ellos, destacan el impacto de películas como Abzurdah (la historia de una joven atravesada por la bulimia y las autolesiones) y el rol de las redes sociales, donde existen grupos en que los cortes se vuelven un símbolo de pertenencia, compartiéndose fotos y experiencias.
"A veces el mensaje entre las chicas es que es una conducta positiva de relajación o de alivio y eso propaga el contagio", señala Poulisis. "Cuando en verdad es algo absolutamente negativo: a largo plazo aumenta la baja de la autoestima y no aprenden recursos para defenderse ante las situaciones difíciles de la vida".
Los adolescentes entran así en una espiral de la que se vuelve difícil salir. Diana Ramos, psicoanalista y supervisora de la Institución Fernando Ulloa, lo compara con lo que ocurre con las drogas: "Se trata de una conducta compulsiva que en el momento puede producir alivio, pero después se siguen cortando más y más".
Entender al cutting no como un fenómeno aislado, sino como un síntoma que se vincula con pautas culturales y con una serie de transformaciones familiares y en los vínculos es clave.
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Ramos pone el foco en una "cultura de lo estético", a la que niños y adolescentes no son ajenos, y que ensalza un ideal de cuerpo "perfecto", que muchas veces solo es viable si es "tallado con bisturí". Y es justamente en la pubertad y la adolescencia cuando los cambios físicos suelen volverse difíciles de sobrellevar.
Con respecto al rol de la familia, Zac apunta a cómo fue cambiando el vínculo que tienen hoy los niños y los jóvenes con sus padres. "Hay una gran cantidad de chicos que están mucho tiempo solos, y eso puede generar fallas comunicacionales y sentimientos de aislamiento y soledad -asegura-. Pero también hay padres que pasan más tiempo en la casa y son sumamente intrusivos, proponiendo vínculos en los que el adolescente no puede cumplir con lo que es esperable que haga".
Trabajar en la prevención es clave. "Es ahí donde más debería estar el gasto de la salud pública, porque el cutting ya está relacionado con una patología. Es muy importante que haya una buena comunicación sobre esta problemática a través de los servicios de adolescencia, las escuelas y espacios recreativos y de contención", concluye la psiquiatra.
Cuando el acoso entre pares lleva al desborde
María Zysman, psicopedagoga y directora de Libres de Bullying, afirma que hay un vínculo muy fuerte entre esa problemática y el cutting. Un adolescente acosado por sus pares, desvalorizado, agredido, minimizado, puede sentir tal tensión emocional que lo lleve al desborde. "Las autolesiones pueden aparecer como un modo de controlar el sufrimiento", explica. "Además, dejan marcas y cicatrices. Hay chicos que, de esta manera, escriben historia, dejan constancia". Sin embargo, señala que buscan esconder las heridas, por lo que es fundamental desde la escuela ayudarlos a conectar con lo que les sucede: "Los chicos que sufren de bullying llegan a creer que lo que les dicen o les hacen es culpa de ellos mismos, entonces empiezan a castigarse de distintas maneras. Poner en palabras el dolor es fundamental".

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En primera persona
Tres pacientes y una madre cuentan cómo vivieron en carne propia la problemática de las autolesiones
Olivia: "Mis papás no lo entendían, pero yo me sentía muy mal"
"Me daba un poco de adrenalina. Sentía alivio, aunque no sé si esa es la palabra. Era como externalizar todo eso que me pasaba, como decir: ?Me siento mal, me veo mal'", cuenta Olivia. Eso sentía cuando empezó con las autolesiones, a los 14 años. "Mis problemas no eran graves, eran muy de clase media: no me gustaba el colegio, me sentía sola y odiaba la burbuja en la que vivía. A veces no es fácil que alguien entienda y valide que uno esté poco contento con esas cosas. Pero yo me sentía muy mal", recuerda. Hoy tiene 25 años y lucha a diario para no volver a caer en esa conducta haciendo terapia de grupo. "Aprendí a desarrollar habilidades para controlar los problemas. Cuando mis papás tomaron conciencia de lo que me pasaba cambiaron varias cosas y me empecé a sentir mejor", dice.
Luz: "Muchas veces se fijan en el corte y no en el sentimiento que está detrás"
Luz tiene 18 años y sus primeras incursiones en el cutting fueron hace dos, cuando comenzaba a salir de una anorexia. "Estaba muy angustiada, sentía como si me estuviera ahogando. Vi una película donde la protagonista se cortaba y no podía parar de pensar en eso hasta que lo intenté", relata. La primera vez fue en el baño de su casa, con un cutter. "Después, esa semana lo hice casi todos los días con cualquier cosa que encontraba. En ese momento sentía liberación", admite. Dejó de ir a la escuela con pollera y empezó a usar jogging. Sus papás lo supieron cuando su mamá la acompañó a una entrevista con su psiquiatra, pero en su casa prefiere evitar el tema. "Muchas veces la gente solo se fija en que te estás cortando y dice ?qué horror'. Pero el verdadero problema va más allá: es el sentimiento que está detrás", sostiene.
Amelia: "Es una práctica que solo refuerza la sensación negativa"
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Amelia no tuvo una infancia fácil. A los 7 años, cuando se sentía muy angustiada, se rasguñaba con fuerza los brazos. A los 12, comenzó a rayarse con llaves y a los 14, a lastimarse de forma superficial con una hoja de afeitar. "Durante años tuve la mitad de cada brazo cubierta con pulseras. En 2011, cuando empecé con el cutter, cambió la historia: me hice heridas más profundas en los muslos y las cicatrices me generaron muchos problemas. Hasta hace unos meses no me metía a una pileta. Me arrepentí toda la vida", cuenta la joven, de 25 años. La terapia fue fundamental. "Además de un montón de técnicas para evitar caer en los cortes, mi psiquiatra me dejó en claro que esa conducta se retroalimenta: en el momento podés sentir alivio, pero después refuerza la sensación negativa de acá a la China", asegura.
Susana: "Como familia estamos muy presentes para sacarla adelante"
Cuando Susana se enteró de que Martina, su hija del medio, sufría de bulimia, se le vino el mundo abajo. Luego supo que se autolesionaba en la ingle con una tijera. "Su hermana mayor la descubrió primero y le dijo que nos contara. Fue muy traumático", cuenta Susana, de 50 años. Y agrega: "Martina estaba muy delgada. Yo siempre me cuidé, como somos las argentinas que vivimos de la pavada, pero nunca fui de decirles a mis hijas nada respecto del cuerpo. En el colegio privado al que van hay antecedentes de cortes y bulimia". Enseguida buscaron ayuda profesional y así llegaron a La Casita, donde Martina y sus padres hacen terapia de grupo. "Estamos muy presentes. Lo más importante para nosotros fue reconocer el problema que tenía, saber que había que solucionarlo como familia y sacarla adelante".

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El rol de la familia, clave para que el tratamiento sea exitoso
Si el contexto no cambia, es difícil que el chico se recupere
Para que los niños o los adolescentes puedan salir adelante son fundamentales la presencia y la contención de la familia. Por eso, las terapias incluyen al núcleo más cercano: en la medida en que no cambie el contexto, será muy difícil que el chico se recupere.
Hay distintos tipos de abordajes terapéuticos y, tanto para los padres como para los pacientes, suele ser enriquecedor el trabajo en grupos coordinados por profesionales donde se comparte la experiencia entre pares.
Zac subraya que lo importante es no generalizar: no hay recetas y cada caso es particular. "Hay que pensar la clínica según cada individuo y cada familia, teniendo en cuenta el contexto sociocultural. Cada uno requiere su propio diagnóstico, porque es una situación que puede ser tenida en cuenta desde muchos vértices", asegura.
Poulisis sostiene que se "puede salir adelante pidiendo ayuda". Y explica que las terapias que más se utilizan para abordar estas problemáticas son la comportamental-dialéctica (que pone el foco en la regulación de las emociones) o la de aceptación y compromiso.
Desarrollar habilidades
"Lo que se trabaja son habilidades para tolerar las situaciones de crisis y que aprendan a expresar sus emociones. Se les enseñan técnicas de distracción y se utilizan mucho elmindfulness y la relajación", describe Poulisis.
Explica que como a veces los pacientes necesitan experimentar una emoción intensa, ella les recomienda recurrir a hielos en las manos o una ducha o chapuzón de agua fría.
"Regular las emociones, algo que el chico nunca aprendió, ya sea porque en su casa veía que sus padres reaccionaban de forma intensa o simplemente bloqueaban las emociones naturales como la rabia y la tristeza, con ejercicios y practicando se consigue", dice la psiquiatra. "Los pacientes y las familias logran mejorar su calidad de vida", agrega.
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Más información
La Casita
Facebook: Fundación La Casita
Hospital Gutiérrez
(011) 4962-9247
Institución Ulloa
www.institucionulloa.com.ar
M. A.

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