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miércoles, 9 de mayo de 2018

IGNACIO EZCURRA; UN HÉROE DESCONOCIDO

En 1968, Ignacio Ezcurra, corresponsal de LA NACION, desapareció en pleno conflicto; sus restos nunca fueron hallados; hoy, su familia va hacia Saigón, el último lugar donde lo vieron con vida; en un museo de esa ciudad, se exhiben su obra y sus fotos
Una densa niebla nos acompaña en nuestros primeros pasos en Hanoi. El calor y la humedad son constantes, por momentos como lluvia y de a ratos no, pero manteniendo un mismo halo envolvente y pegajoso. El fin de la noche de 30 horas de vuelo a contramano del giro solar, que roba un día al calendario, se vislumbra apenas con la tibia claridad de las calles de la capital vietnamita, tan atestadas como la cabina del avión.
En 1968, Ignacio Ezcurra, corresponsal de LA NACION, desapareció en pleno conflicto; sus restos nunca fueron hallados; hoy, su familia va hacia Saigón, el último lugar donde lo vieron con vida; en un museo de esa ciudad, se exhiben su obra y sus fotos
La sensación de duermevela que le sigue al viaje hace aún más irreal un hecho que todavía creemos a medias: estamos en Vietnam y visitaremos en unos días el lugar donde hace 50 años Ignacio Ezcurra, mi padre, llegó como corresponsal de LA NACION a buscar otra de sus notas, la de una guerra tan insensata como todas, y le puso a esta historia su propio nombre. El 8 próximo, estaremos en Cholón, barrio ahora integrado a Saigón, donde se lo vio por última vez y donde suponemos que sus huesos yacen en alguna fosa común.
Llevamos el recuerdo de los hermanos de Ignacio, que juntos fueron para nosotros mucho más que un solo padre.
A mi hermano Juan Ignacio y a mí, que apenas habíamos nacido, nos siguió siempre el efecto de ese último gesto. '¿Ezcurra? ¿Como el periodista que murió en Vietnam?'', era una señal de orientación en la maraña de una prolífica familia. Hasta Vietnam es el título del libro que recopila sus notas y fotos.
Si ese hecho final fue el legado de nuestro padre, que lo asumiéramos con orgullo, sin alharaca ni sentimentalismo, es una impronta que heredamos de mamá.
Con los años fuimos agregando matices a una imagen paterna que, como las del archivo de su obra, era en blanco y negro. En mis años de periodismo conocí por relatos y emociones compartidas de amigos la zozobra de su desaparición, que, descripta por uno de ellos, Bartolomé de Vedia, 'no fue el rayo fulminante que ciega y paraliza: fue la larga agonía de una serie de noches, la tensa vigilia de los suyos y de sus compañeros de Redacción mientras el último hilo de esperanza se iba debilitando y un enjambre de cables y fotografías borrosas traían desde lejos su carga de malos presagios".
Con 28 años, Ignacio Ezcurra cubrió para este diario la Guerra de Vietnam

Con 28 años, Ignacio Ezcurra cubrió para este diario la Guerra de Vietnam
El tiempo también nos pintó con claroscuros al viajero desprevenido que había recorrido América y todo el país a dedo, al curioso insaciable, al tesón sin límites que le permitía entrevistar a Martin Luther King después de meses de seguirlo o que lo dejaba en vilo luego de vender sangre para pagar el ingreso en una frontera, a quien ya veía fotográficamente antes de que Sara Facio le recomendara su primera cámara, que aún conservamos.
Sus últimos años como cronista  fueron intensos: en 1967 viajó a cubrir los conflictos raciales en Estados Unidos. Al año siguiente, partió hacia Vietnam para escribir sobre la guerra hasta su desaparición, el 8 de mayo de 1968.
No llegó a saber sobre la muerte de Ho Chi Minh, al año siguiente; la firma de tratados de paz, en 1973; ni dos años después, el día que marcó el inicio de la Vietnam actual, lo que los manuales llaman la "Caída de Saigón" y aquí, mañana, celebran como la Reunificación. Imposible no notar esta fiesta: en Hanoi, banderas rojas con la cruz amarilla brotan como ramos de cada casa, puesto, balcón o poste. Forman un friso monocromático y mudo sobre el bullicio variopinto de sus calles, que contienen la paleta infinita de la vida expuesta sin remilgos. Una metáfora fiel de la política que marca el ritmo y una melodía que mueve velozmente la economía.

Luisa Duggan y Encarnación Ezcurra, en Sapa, Vietnam
Luisa Duggan y Encarnación Ezcurra, en Sapa, Vietnam
Su imagen, la del periodista absoluto, continuará siempre alerta, siempre activa, siempre impregnada de tensa juventud. -escribió sobre mi padre, en 1970, Manucho Mujica Lainez-. No conocerá la bonanza de los años altos, pero no sabrá su melancolía. Y su clara sonrisa seguirá siendo invulnerable". Pero nosotros hace tiempo pasamos la edad que él tenía al morir, 28, y lo interpretamos más cerca de los padres en que nos convertimos que de los hijos que dejó.
Así fue como nos animamos a pensar en venir a Vietnam. En nuestra mezquina visión personal, no era un país, ni siquiera una guerra. Era la tumba que todavía guarda sus restos, que nunca fueron encontrados, era interpelar su decisión de asumir riesgos, era palpar la herida de desgarro que provocó a quienes lo querían.
Por eso fue una idea incómoda antes de ser un plan concreto. Seguiría siéndolo si no hubieran sucedido tantas casualidades que preferimos disimular antes de abandonarnos a la credulidad temeraria. Pero lo cierto es que la conversación insistente que había empezado hace un año comenzó a encauzarse cuando mi hija Teresa nos hizo notar la coincidencia de este año con el aniversario redondo de su desaparición, 50. El almanaque le dio el primer envión hacia la realidad, si esto es tal.
Le pusimos un condicionante exagerado: que una visita al Museo de los Restos de la Guerra de Saigón nos permitiera incluir a Ignacio en el listado de fotógrafos muertos, donde sabíamos por testimonios de viajeros que no figuraba. No encontrábamos la punta al ovillo sobre cómo iniciar esa gestión cuando, cerca de Navidad, escribí a la representación argentina en Hanoi. A las dos horas abrí la respuesta encabezada con la desconcertante frase de: "Mirá el mail que llegó a la embajada". El sorprendido era el cónsul Francisco Lobo, quien el mismo día -sí, exactamente el mismo día- había recibido del embajador, Juan Valle, un mensaje por WhatsApp con el pedido urgente de averiguar más sobre la foto que le enviaba de la calle Martín y Omar, en San Isidro, donde hay una placa que recuerda que allí nació Ignacio Ezcurra y la mención de Vietnam. El diplomático informaba que indagaría más sobre el caso y que al regreso iniciaría las conversaciones con el museo de Saigón, que le costaba creer todo esto.
Ezcurra con su Pentax, que Sara Facio le recomendó usar
Ezcurra con su Pentax, que Sara Facio le recomendó usar
Decisiones
El primer contacto empezó ante una actitud desconfiada de los representantes del museo. Era el único argentino, el único latinoamericano y no tenían registro alguno del caso. Había que probarlo, algo que hicimos rápidamente y la actitud se invirtió completamente: hoy son los vietnamitas los principales promotores no solo de sumarlo a la memoria, sino de rendirle un homenaje en ese lugar junto a veteranos de guerra, exponiendo su foto, biografía, el libro con algunos pasajes traducidos al idioma local y algún objeto que quisiéramos donar.
Eso nos puso frente a la decisión de si dejar la cámara de fotos Pentax, que fue y volvió de la guerra, igual que la máquina de escribir Lettera. Dudábamos. Últimamente, eso precede momentos extraños. En marzo, visitando la Biblioteca Nacional junto a otros invitados, reencontré casualmente a Abel Alexander, historiador de la Fototeca, que fue quien tomó a su cargo hace unos diez años la donación que mi madre, Inés Lynch, hizo del archivo fotográfico de Ignacio. 'Tanto tiempo -saludó-, justo estamos planeando una muestra de tu papá para fin de año''. Le pregunté si era por el aniversario y abrió los ojos como platos: no lo había relacionado con la fecha. Le comenté lo de la cámara y saltó: la cámara no, nunca, pero sí puede la Fototeca donar archivos en alta definición de fotos sacadas por Ignacio para el fondo del museo.
Así que llevaremos los DVD con una carta de Alberto Manguel, director de la Biblioteca Nacional, y ofrecimos la Lettera junto a textos que revelen la visión doliente que ya entonces tenía de esa guerra. Mientras, la Pentax viene también, pero será con mi hija Luisa, que en paralelo a su carrera de Arquitectura estudió fotografía. Que la lleva a todos lados y cuyo lente ha forjado su mirada atenta y cándida.
Nuestra tierra está llena de muertos -me dijo antes de viajar en Buenos Aires el embajador vietnamita, Dzung Dang-, de nuestro pueblo y extranjeros. Honramos a nuestros ancestros y es importante que ustedes y todos quienes perdieron a alguien, no importa por qué, lo hagan también. Sean bienvenidos''.
La pasión por el periodismo
Ignacio Ezcurra nació en San Isidro en 1939. Se recibió de bachiller en 1956 en el colegio El Salvador. Poco después, empezó la carrera de Letras en la Universidad de Buenos Aires (UBA) e ingresó a LA NACION en la sección Avisos Clasificados. En 1958, junto a dos amigos, viajó a dedo por Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, México y Estados Unidos. Allí, en 1960, estudió periodismo en la Universidad de Missouri, gracias a una beca.
Al regresar al país, en 1961, hizo el servicio militar y fue enviado por la Secretaría de Cultura de la Nación y el Instituto Di Tella a recorrer más de 60 ciudades del interior para ofrecer espectáculos audiovisuales y películas documentales. Un año después, se reincorporó  como cronista volante e ingresó a las carreras de Sociología e Historia en la UBA. También trabajó asiduamente como fotógrafo.
En este diario escribió en las secciones Un rostro en siete días y Visiones de América. Además, publicó artículos en las revistas Atlántica, Vea y lea, El reflector, Cristina, Autoclub y La chacra. En 1965 se casó con Inés Lynch. Ese mismo año, invitado por la embajada de Siria, visitó Medio Oriente.
Dos años después, fue enviado a los Estados Unidos para cubrir los conflictos raciales. Allí entrevistó a Robert Kennedy y Martin Luther King. Al año siguiente partió a Vietnam como correponsal de guerra. Desapareció en Saigón el 8 de mayo.
La autora trabajó en LA NACION desde 1987 a 2001
Por: Encarnación Ezcurra

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Cuatro periodistas marcaron mi carrera. Claudio Escribano, Alberto Laya y Germán Sopeña fueron maestros, ejemplo, guías. Al cuarto no lo conocí: Ignacio Ezcurra. Yo tenía 12 años cuando murió en Vietnam, y me acuerdo del estrépito y la conmoción que la noticia causó en mis padres, viejos lectores
Volví a cruzarme con su historia, fugazmente, mientras estudiaba periodismo. "Este pibe era muy, muy bueno. Busquen lo que escribió y no dejen de leerlo", recomendó un profesor.
Más tarde, ya incorporado al diario, vi en el corazón de la Redacción su célebre foto con el casco, tomada en Vietnam. Podía ser interpretada como lo que era, un homenaje, un tributo, y también como la presencia de un centinela, un protector de lo mejor de esta profesión: la búsqueda de la verdad llevada, si hace falta, hasta el extremo del heroísmo.
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Por los años 80, una madrugada fui al archivo del diario, en el edificio sobre la calle Bouchard, y leí varias de sus notas. Ahí empezó el idilio, el deslumbramiento. Comprobé que realmente se trataba de un grande, de alguien distinto y, me animaría a decir, único. Sabemos que la muerte tantas veces mejora a las personas. Una muerte así, a los 28 años, en un frente de guerra, podía haber contribuido a agigantar su imagen. En realidad había pasado lo contrario. La tragedia había frustrado una trayectoria destinada a alcanzar cumbres insospechadas. Ignacio estaba señalado para hacer historia no por morir bajo los tiros en Vietnam, sino por la dimensión extraordinaria de su trabajo periodístico.
A una edad en la que la gran mayoría -sobre todo en tiempos de extensos cursus honorum en las redacciones- estaba haciendo los palotes, él ya había escrito artículos inolvidables. Su "Reportaje al poder negro" (1967), sobre el conflicto racial en Estados Unidos, es una maravilla narrativa y de investigación.
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 En 15 días, un desconocido jovencito llegado desde la remota Argentina había recorrido los principales ghettos del país, desde Nueva York y Washington hasta la incendiada Detroit, y había entrevistado a los principales líderes negros (Martin Luther King y Rap Brown, entre otros), a relevantes dirigentes blancos como Robert Kennedy, y a cientos de norteamericanos de a pie.
Aquel largo artículo, escrito en primera persona (por entonces, algo muy poco usual), empezaba así: "Me ahogaba. Ya no era por el calor sofocante y pegajoso de Nueva York, esa atmósfera llena de rascacielos, multitudes, neón y de insensible apariencia. Era una sensación desagradable y nueva. Sobre los hombros, y en el estómago, como una trompada punzante y prolongada, me pesaba el odio". En la senda del llamado "Nuevo Periodismo", corriente que nacía en Estados Unidos justo cuando él estudiaba en la Universidad de Missouri (Columbia), en 1960, Ignacio combinaba un trabajo de campo sesudo, incansable, con una prosa trepidante y florida hasta entonces solo propia del lenguaje literario. Ignacio fue uno de los precursores en la Argentina de ese nuevo periodismo de visceral compromiso con la verosimilitud del relato, al que adscribirían, con trazo indeleble, Rodolfo Walsh, Osvaldo Soriano, Tomás Eloy Martínez.
Maestro en la descripción de personas, lugares y momentos, su primer atributo era la intrepidez para ir -cámara en mano, porque también era fotógrafo- hasta el fondo de las historias que encaraba. Parecía responder a la máxima de que solo se puede dar a conocer aquello que se conoce muy bien. Y ahí iba, buscando las entrañas, con audacia y tozudez. Es cierto: esa audacia le costaría la vida. Pero no entendía otro periodismo que el de la mayor aproximación posible a los hechos y a las fuentes.
Para su nota sobre la lucha por los derechos civiles, a Ignacio lo encontramos en un "maloliente departamento de Harlem", donde siete jóvenes negros le muestran la dinamita con la que se proponen "volar una manzana" y destruir "todas las casas de los blancos". Poco después, en una esquina cerca de allí, le puntean la cintura con una sevillana por sacar fotos a dos negros que se estaban peleando en la calle. Lo vemos caminar las calles más sórdidas de barrios virtualmente prohibidos a los blancos y meterse en casas infestadas de ratas para ver cómo vivía la comunidad afroamericana.
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Cronista curioso, inquieto, también temerario, Ignacio acompaña a una patrulla armada hasta los dientes que sale en busca de cazadores furtivos en la espesura de la selva misionera; llega hasta el corazón de la colorida Semana Santa indígena de Ayacucho, en Perú; va al encuentro de la célebre cantante folk y militante del pacifismo Joan Báez; vuela por las rutas en el auto conducido por el corredor de TC Juan Manuel Bordeu; recorre el explosivo Medio Oriente; husmea el depósito de hallazgos de la Policía Federal, donde hay desde joyas, televisores y lavarropas hasta calaveras y ataúdes.
En 1991 me tocó cubrir , desde Israel, la Guerra del Golfo Pérsico. Al volver tuve una visita que jamás olvidaré: la de Chiquita Ezcurra, la madre de Ignacio. Ella y su nieta Encarnación, que trabajaba en el diario, me regalaron Hasta Vietnam, el libro que, con prólogo de Manucho Mujica Láinez, reúne algunas de sus mejores notas y fotos, y el diario de su viaje a dedo a Estados Unidos, con dos amigos, cuando tenía 19 años. Se publicó en 1972 y fue reeditado en 1998, con un nuevo prólogo de sus hijos, Encarnación y Juan Ignacio, y una presentación de Sara Gallardo.
Desde entonces, Hasta Vietnam es una suerte de biblia profesional que utilizo para las clases de periodismo. A muchas generaciones de jóvenes estudiantes les he repartido fotocopias de "Reportaje al poder negro", y me maravilla comprobar, una y otra vez, cómo ese artículo escrito hace más de 50 años entusiasma y deleita a chicos de la era digital.
"Un periodista da su medida verdadera cuando es libre", dice Manucho en el prólogo. Ignacio era radicalmente libre. Libre, curioso, tenaz, aventurero. Soñador. Sus trabajos lo sobreviven, y en ellos palpita todavía esa libertad que no pudo cegar del todo la tragedia de Saigón.
C. M. R. R. 

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