lunes, 17 de julio de 2023

LA PAMPA SECA




La pampa seca. No crece la soja, apenas sobreviven los animales y los niños no tienen futuro
En La Pampa el contraste entre un oeste agonizante y un este próspero es muy profundo; la pérdida de la hacienda y la falta de infraestructura expulsan a los jóvenes del campo
Texto y fotos Micaela Urdinez


Es la pampa seca. La que tiene menos prensa. A donde enviaron a los indios ranqueles a principios del 1900. La zona que está ubicada en el oeste de la provincia de La Pampa es puro polvo. Es donde no crecen ni la soja ni el maíz y apenas se pueden criar vacas; por eso se priorizan las chivas, que son las más resistentes al calor y a la sed. Ahí, donde antes circulaban los brazos de un río Atuel que formaba bañados y humedales, hoy quedan solo arena y tierra agrietada.
Hambre de Futuro recorrió la zona de Santa Isabel, Paso de los Algarrobos, Colonia Mitre y Algarrobo del Águila durante el mes de mayo. Y vio que los pequeños productores a duras penas sobreviven en este territorio de lagunas y ríos agonizantes, atravesado por una sequía abrumadora. La hacienda se muere, las familias sacan unos pocos billetes de la venta de los animales y van abandonando el campo.
Durante el último mes, la nacion intentó comunicarse en reiteradas ocasiones con Fernanda González, ministra de la Producción de La Pampa, y no obtuvo respuesta.

Según un informe elaborado por Unicef a partir de cifras oficiales, la mitad (50%) de los chicos en La Pampa son pobres, frente a un 53% registrado a nivel nacional.
El contraste entre la pampa seca (oeste) y la pampa húmeda (este) es muy marcado y se evidencia en la falta de acceso a la mayoría de los derechos. Los datos del Censo 2022 muestran asimetrías enormes: mientras que solo el 15,6% de los hogares cuentan con baño con cloaca en el oste, en Santa Rosa la cifra escala al 90%; esta brecha también está presente en la cantidad de casas que tienen cocina a gas o eléctrica, siendo solo el 39,1% versus el 95,7%, respectivamente.
“Hay que crear más políticas públicas en el oeste de la provincia. De todos los proyectos que presentamos, para ninguno tuvimos ayuda del gobierno. Vos tenés que ir y visitar a la persona para ver cómo está y ellos no lo hacen. La municipalidad al productor mediano y grande les da 40 bolsas de alimentos. El que no tiene ayuda es el pequeño productor”, afirma Alejandra Domínguez, dirigente de la Cooperativa La Comunitaria, conformada por 68 socios de puestos de La Humada, Puelén, 25 de Mayo y Paso de los Algarrobos.
Desde el Ministerio de Producción de la provincia reconocen que las condiciones ambientales del oeste pampeano sumadas al fenómeno climático de La Niña y al corte del río Atuel por parte de la provincia de Mendoza potencian el éxodo rural de las nuevas generaciones de crianceros a los centros urbanos en busca de oportunidades laborales.
“Trabajar en estas situaciones de emergencia no es fácil. Las características propias que nos deparan estas zonas marginales para la producción animal, asociadas a barreras socioculturales muy profundas, lo hacen aún más complicado. El Estado provincial está redoblando esfuerzos para poder acompañar a los productores y lograr la sustentabilidad de los sistemas productivos”, señalan desde el organismo.
Darío Calfuán no tuvo otra opción. Su familia vive en Paso Maroma y para poder estudiar se tuvo que internar en el albergue de la escuela rural de Algarrobo del Águila. Con solo 6 años empezó a dormir de lunes a viernes en la escuela. Es el más chico de 8 hermanos y su familia se dedica a la cría de vacas, yeguarizos y chivas. Todos sus hermanos más grandes se fueron a buscar trabajo a otros lugares y solo uno se quedó ayudando a su papá. “No me gusta tanto el campo. Prefiero el pueblo porque podés estar con el celular. Allá no tenés señal y aparte tenés que trabajar con tu viejo”, dice Darío, dejando en evidencia una realidad trágica: el campo ya no es atractivo para los jóvenes. Ahí no ven futuro. Su idea cuando termine la secundaria es irse a San Rafael, a estudiar y vivir en una ciudad.
Economía de subsistencia
Desde 2022 hasta hoy, la sequía afectó a las producciones pampeanas (principalmente a las del oeste), lo que determinó la declaración de emergencia agropecuaria en el marco de la ley provincial N° 1785. Los productores que se ubican en esta zona cuentan con una serie de beneficios por parte del Ministerio de Producción, sobre todo en alimentación o forraje, pero al parecer no alcanza.
La crisis económica y el aumento de precios en los insumos terminan por golpearlos tan fuerte que se ven arrastrados a una economía de subsistencia. “No podemos comprar alimentos para los animales, pasto ni rollos. Tenemosque achicarlos números. si antes comprábamos cinco fardos, ahora compramos tres, porque no nos da el bolsillo”, explica Domínguez.
Otro de los problemas que tienen es lo poco que reciben por la venta de sus animales. Nada ayuda. Ni la falta de agua, ni los caminos intransitables ni la magra producción, que no alcanza para llegar a fin de mes. “Una familia tipo no puede vivir de 100 cabras. La zafra de los chivitos se hace una sola vez al año, de octubre a diciembre. Después el resto del año no sé de qué viven. Desde el municipio se los asiste, pero los hijos se van a trabajar a otros campos y se van quedando los padres”, explica Juanita de Ugalde, vicepresidenta de la Asamblea de los Ríos Pampeanos.
Ya no quedan niños ni familias enteras en los campos, solo algunos pocos adultos que se resisten a irse porque es lo único que tienen y conocen. En la zona, tampoco hay trabajo para los chicos cuando terminan la escuela. “No hay nada que te incentive a vivir en el campo. Si tenés hijos, no podés vivir con 50 cabras. No te da para comprar pasto, maíz o alimentos para los animales. Buenísimo sería que cada chico que se vaya a estudiar afuera, regrese con su título y pueda desarrollarse en el pueblo”, dice Domínguez.
En lo que respecta a la producción caprina, la provincia observa que ya no quedan productores jóvenes, el stock se viene reduciendo y cuesta integrarlos dentro de un canal formal, por lo que se proponen seguir trabajando para modificar la informalidad. “Una de nuestras misiones es formalizar sus producciones. Esto, por ejemplo, se trabaja a través de la Asociación de Cabra Colorada, la cual trata de ir generando un mercado alternativo, diferenciado y de esta manera regular y disminuir la faena informal”, afirman desde el Ministerio de Producción.
Falta de agua dulce
A la falta de lluvias hay que sumarle que el río Atuel no está corriendo por su cauce desde hace casi 80 años, cuando en el año 1947 la provincia de Mendoza junto con el gobierno nacional construyeron la represa Los Nihuiles para generar energía hidroeléctrica, con consecuencias ambientales y productivas fatídicas para esta zona.
“El ecocidio que se produjo ha sido formidable. Nos hemos quedado
pueblos muy pequeños y se ha detenido bastante el desarrollo de nuestras localidades. La Corte Suprema dictaminó en 2020 que Mendoza tiene que dejar pasar 3,2 metros cúbicos de manera permanente para recomponer el ambiente pero no se cumple. Sigue seco”, reclama de Ugalde.
Ignacio Martínez tiene 7 años y vive en el puesto La Libertad, a 20 kilómetros de Santa Isabel. Junto con su hermana Zoe Ludmila (4) se meten en el corral con unas banderas para guiar a los terneritos para que tomen agua de los bebederos. “El problema más importante acá es el agua para los animales, que es malísima. Es pura sal. En el verano hay que mezclarla porque si no se mueren. Hay que hacer traer un tanque del pueblo que es más dulce y ahí la mezclamos”, señala Jésica Carripilón, su mamá.
Cuando la zona era próspera, se criaban ovejas y hasta algunas familias hacían alfalfa. La falta de agua y de pasturas hace que ningún productor pueda tener más de 200 animales. “Una vaca no dura más de 12 años, se le destruyen todos los intestinos por la sal del agua. Las vacas adelgazan muchísimo”, explica Nancy Mabel Daniele, productora de la zona.
Para Mario Escobar, otro pequeño productor de chivas, hace falta encontrar una respuesta de largo plazo al problema del agua, como la construcción de un acueducto. “Yo siempre les digo a los intendentes que vengan al campo a ver cómo vivimos y todo lo que necesitamos. Para mí no es una solución que la municipalidad me traiga el agua. Esa no es una vida buena para el productor”, señala.
Sin luz ni baño
Las familias que viven en el campo se las arreglan con paneles solares, el agua potable se la traen del pueblo y muchas veces ni siquiera tienen baño. A duras penas les alcanza para tener una heladera, en general están incomunicados (solo consiguen señal en algunos lugares específicos) y las condiciones climáticas no les permite tener huerta.
Por eso, muchas familias decidieron mudarse al pueblo en busca de mejores condiciones de vida o para mandar a sus hijos a la escuela. Venden sus campos o los alquilan. En el mejor de los casos, tienen dos casas: una en el campo y otra en el pueblo. Pero todos los días tienen que ir al verde a chequear a los animales.
“Mi esperanza es que mejorando la calidad de vida en el campo, la infraestructura edilicia, la conectividad, los caminos, potenciando las energías limpias y dando acceso a luz eléctrica y a una heladera, eso suceda. Pero la realidad dice que la gente se va a ir del campo”, señala de Ugalde.
La salida, para todos, es apostar por una educación que provea a los jóvenes de herramientas para poder quedarse en su territorio. Maximiliano Morales es director de la secundaria Colegio Águilas del Oeste de Algarrobo del Águila, que tiene una matrícula de 72 alumnos.
“Antes estaba naturalizada esta cuestión de que los chicos que vivían en el campo no vinieran a la escuela”, señala Morales. Desde la institución se pone el foco en ofrecer una propuesta educativa que atienda a las necesidades de la zona. Eso contempla elaborar propuestas flexibles junto al equipo docente para que los alumnos del campo puedan sostener sus estudios. “Más allá de que aprendan contenidos disciplinarios, lo que intentamos al menos es que terminen alfabetizados, que puedan ver la realidad críticamente y que nadie los engañe, darles herramientas para el futuro”, agrega Morales.



“No quiero sufrir como él”. Tiene 16 años, su papá cría chivas y ella no quiere seguir sus pasos

Cómo ayudar
Las personas que quieran ayudar a Morena o conocer más sobre el trabajo de la Cooperativa La Comunitaria pueden comunicarse con Alejandra Ramírez al +54 9 2954 40-5053 o donar directamente en la siguiente cuenta Nº CC 311491/5 del Banco de La Pampa, CBU 0930331510100031149150

Morena Escobar está en 5° año en la escuela de Santa Isabel y su idea es irse a estudiar a General Pico; le encanta el campo, pero le resulta muy duro el día a día sin luz ni agua potable
Las pocas veces que va al campo, Morena ayuda a su papá con las chivas
Hace frío. Está nublado. Parece que va a llover. Son las 9.30 de la mañana y en la casa del campo de la familia Escobar no hay luz porque solo tienen paneles solares. Pero hay que salir igual a soltar a las chivas, a revisar que tengan agua las vacas, a darles de comer a las gallinas.
Abrigada solo con un buzo, Morena Luján Escobar se dirige con sus papás al corral de las chivas. Las tocan para ver si están preñadas, las revisan y las sueltan para que salgan a alimentarse por ahí. “Lo que más me gusta hacer cuando vengo al campo es andar a caballo y ayudar a mi papá con las chivas. Lo acompaño a recorrer, también me sumo cuando tienen que carnear y les doy alimentos a las gallinas”, cuenta esta adolescente de 16 años que hoy vive con sus papás y su hermana menor de 11 años en Santa Isabel, el pueblo que queda a 10 kilómetros del campo en el que se crio su papá.
Todos los días él viene a ocuparse de los animales. Cuando el campo rendía más, tenían ovejas, vivían de forma permanente en el campo y los vendedores ambulantes circulaban ofreciendo todo lo que hacía falta. Hoy, apenas sobreviven.
“No quiero sufrir como mi papá”, dice Morena al verlo renegar por la falta de agua potable, soportando las bajas temperaturas, la falta de luz o de heladera. “Lo que hace mi papá acá yo no me veo haciéndolo, porque no es fácil y yo no siento la misma pasión que él. Él aguantó muchas cosas acá que yo no podría aguantar”, dice Moren. y se quiebra.
Mario Escobar, su papá, siempre hizo este trabajo y la escucha acongojado debajo de su boina. “No llores hija. Es la vida que nos tocó. Es algo que muchas otras familias de la zona deben estar pasando también”, dice para consolarla y la abraza.
Su mamá, Silvia Suárez, hizo el proceso inverso. Nació en Santa Isabel y se fue enamorando del campo. “A More le encanta ensillar y andar a caballo. Lo acompaña al padre a amamantar a los chivos, buscamos leña, salimos a recorrer. Más que nada vamos al puente, a ver si hay agua en el río. A ella le gusta estar acá porque es muy sano, no hay peligro. El pueblo es otra cosa”, dice convencida.
“Meten el hocico y no toman”
El campo está ubicado en las cercanías del río Salado y el principal problema en la zona es la falta de agua potable. Mario sale a chequear si el molino está funcionado y ve que un chorrito cae en el tanque australiano que se empieza a llenar de a poco. “Es agua mala. Es muy salada. No te la toman directamente los animales. En invierno quizás es más tomable, pero en verano imposible. Dan vueltas, meten el hocico y no la toman. Esto viene de años, no es de ahora. Siempre tuve este tema”, dice.
Durante la semana Silvia se ocupa de sus dos hijas y trabaja en la huerta comunitaria de la Cooperativa La Comunitaria en Santa Isabel junto a otros compañeros. Además del ingreso económico, tiene asegurada la verdura para la familia. “Las compañeras consumimos de la huerta, no tenemos que comprar. También conseguimos el maíz. La carne la sacamos del campo”, cuenta Silvia El trabajo rural es arduo. Hay que estar detrás de las vacas, las chivas, los yeguarizos y las aves. “Mario viene todos los días. De lunes a lunes. Cuando estamos en la época de parición de las chivas, trabajamos en conjunto. Ahora quizás no lo puedo acompañar durante la semana, pero los fines de semana vengo seguro”, explica Silvia.
Como no le alcanza lo que saca con las chivas para sostener a toda la familia, Mario también se ocupa de cuidar los animales de otros vecinos. “De eso vivo. Sobrevivo, como quien dice. Acá estoy luchándola hasta que dios diga‘ hasta acá llegaste, Mario’. El chivito hoy está yes una platita que entra, pero va y viene. Es plata que no te la guardás, es para sobrevivir. Es difícil, hay que estar en el campo”, agrega su papá.
Morena sonríe cuando se acuerda de su infancia encerrada en los corrales charlando con los chivos. Ese equilibrio se rompió cuando ella tuvo que arrancar la escuela y la familia se mudó a Santa Isabel. “Estuvimos un tiempo viviendo acá, pero cuando empezaron a ir a la escuela, el ir y venir se hizo imposible, levantarlos temprano, se me hacía difícil a mí también”, recuerda su papá.
Además de la falta de agua y la adversidad climática que son históricas en esta zona, hoy se suman la profunda sequía y la crisis económica. “Hay que vivir en el campo. Durante el verano los calores son impresionantes. Y en invierno el frío es tremendo. Más en esta zona, que está lejos de todo. Hay zonas en donde los caminos son malísimos, la gente no puede sacar los animales. Está difícil vivir de esto porque todo aumenta. Hoy andás con lo justo”, agrega Mario.
Hoy Morena se dedica exclusivamente a la escuela. Cursa 5° año por la tarde y le falta uno más para terminar. Por las mañana, pasa tiempo con su mamá y su hermana, hace los deberes o mira televisión. “Si hoy estudio es por mis papás, porque ellos lamentablemente no pudieron estudiar. Estoy muy agradecida porque si ellos no hicieran lo que hacen. yo no tendría todo lo que tengo”, agrega Morena.
Irse a estudiar
Mario sabe que el futuro de sus hijas no está en el campo porque ahí ya no hay oportunidades. “Si hubiera un varón de por medio, quizás. Pero tengo dos mujeres. Hoy son chicas, están estudiando y se pueden ir, hacer sus vidas. No las puedo obligar porque van a elegir lo que quieran ser en su vida”, dice.
Morena siempre quiso ser veterinaria, pero en el último tiempo tomó conciencia de que le va a costar mucho poder sobreponerse a la impresión que le dan la sangre y las agujas. “Siento que no voy a poder con las operaciones, es mucho. Me va bien en las materias de psicología y geografía, así que puedo seguir algo de eso. Lo de psicología lo saqué porque me gusta escuchar a las personas, aunque no sé si soy tan buena dando consejos”, cuenta.
Lo que sea que Morena quiera estudiar lo va a tener que hacer lejos de su casa. Seguramente en General Pico, en donde vive una hermana mayor que está estudiando para ser maestra.
Cuando se pone a pensar en tres deseos, lo primero que se le ocurre es poder terminar la escuela y gozar de buena salud. “Ya lo tengo todo: amor, familia y salud. Sí pediría tener luz y agua acá en el campo”, concluye.

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Nota: sólo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.