La Cámpora, entre la sumisión y el abismo
María Elena Polack
“No votar al peronismo es un salto al abismo”.
(De Andrés “Cuervo” Larroque)
Mientras el presidente Alberto Fernández se prepara para celebrar su último Día del Amigo en la quinta de Olivos, sin saber quiénes aceptarán su invitación porque en el tsunami de las internas palaciegas quedó solo abrazado a sus guitarras y a Dylon –que como todo perro es fiel porque no sabe cómo su amo se comporta con los demás humanos–, La Cámpora ya se encolumnó detrás de Sergio Massa, aquel candidato de 2015 que prometía echar a sus “ñoquis del Estado”.
Esos muchachos disfónicos de cantarle a Cristina Kirchner que eran los soldados “para la liberación” ahora se atan a su antiguo verdugo oral, que tampoco cumplió como ministro de Economía con reducir el gasto público o la inflación. Massa practica una esgrima verbal que no queda refrendada en hechos.
Son días para ver, copita espirituosa en mano, el circo criollo de cabriolas que, sin apelar al lenguaje inclusivo, practican los socios del Gobierno que deben confluir, porque así lo dispuso Cristina Kirchner, en el apoyo a quien mejor mide en la opinión pública, aunque no sea el que anhelaban como líder.
No se pueden negar el pragmatismo de La Cámpora y la obediencia al Martín Fierro, ya que aplican aquello que leyeron alguna vez en la escuela primaria: “Hacete amigo del juez;/no le des de qué quejarse…/pues siempre es bueno tener/palenque ande ir a rascarse.” Ahora “el juez” es Massa, que vaya a saber cómo organiza su Día del Amigo con tanta pirueta que va de la Ucedé al kirchnerismo, y que supera a Roberto Carlos en aquello de tener “un millón de amigos”. Quizá festeje en la cancha de Tigre o en algún salón de usos múltiples de AYSA, mientras Malena Galmarini se ocupa de los detalles del cotillón temático.
“No votar al peronismo es un salto al abismo”, argumentó Andrés “Cuervo” Larroque, el exsecretario de La Cámpora y actual ministro de Desarrollo de la Comunidad bonaerense, al plantear que lo que hay enfrente “es muy peligroso”. ¿Se referirá a la oposición con posibilidades de ganar las elecciones presidenciales? ¿O se referirá al futuro individual de quienes tengan que dejar sus cargos públicos y seguir desde el llano su vida cotidiana? A principios de diciembre de 1999, cuando Carlos Menem llegaba al fin de sus dos mandatos presidenciales, le admitió a esta cronista uno de sus cercanos temores: “Al día siguiente de entregar el poder, el teléfono queda mudo. No te llaman ni para venderte una rifa”. Un verdadero abismo.
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El desafío de la impunidad
El Índice de Capacidad para Combatir la Corrupción (CCC) elaborado por Americas Society/council of the Americas (AS/COAS) y Control Risks tiene como propósito evaluar esta capacidad de los países latinoamericanos. Los resultados de la edición 2023 del informe ubicaron a Uruguay al frente, a Venezuela en el fondo y a la Argentina y Brasil a mitad de tabla entre un total de 15 países examinados por especialistas.
Tanto Uruguay (con 6,99 puntos sobre 10) como Costa Rica (6,76), los países mejor calificados para combatir las prácticas corruptas, experimentaron una baja en su performance con respecto a los informes de los últimos años.
Con 5,07 puntos, la Argentina se mantuvo sin grandes cambios respecto del informe 2022, estabilizándose tras una trayectoria negativa de tres años, aunque descendió del sexto al séptimo puesto.
El reporte señala que si bien la cuestión de la corrupción sigue siendo un tema de relevancia, no ha encontrado en la sociedad el mismo interés que recibió en años anteriores, lo que ha desplazado a la lucha contra la corrupción a segundo plano.
La corrupción es, sin lugar a dudas, una amenaza para cualquier sociedad, desestabiliza sus instituciones y afecta gravemente los valores de la democracia, la ética y la moral, socava la justicia y atenta contra el imperio de la ley. Tal como ha quedado expuesto en el caso argentino, la independencia judicial es fundamental para garantizar la rendición de cuentas y el enjuiciamiento de las prácticas corruptas.
Cuando un Estado asiste al debilitamiento de sus instituciones, las prácticas corruptas encuentran escenarios óptimos para desarrollarse. La corrupción es uno de los obstáculos más importantes para el crecimiento sustentable de la economía, la creación de empleos y el combate de la desigualdad y la pobreza. Asimismo, aleja la inversión, torna ineficientes a los gobiernos y deja impune la violación a la ley.
El desafío que impone combatir un problema tan grave y complejo requiere de la voluntad y decisión de todos los actores y estamentos de la sociedad, sin exclusiones. La experiencia mundial confirma que no tiene destino una nación si no se vence la peligrosa inercia de la impunidad.
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