Inés Fernández Moreno: “No estoy con los feminismos que ven lo masculino como enemigo”
La escritora pone la lupa en los cambios de época, la nueva vejez y los vínculos amorosos, y cuenta que en “No te hagas ilusiones”, su último libro, indagó en modos diferentes de narrar
Diana Fernández Irusta
La escritora Inés Fernández MorenoLos perros son lo primero. Sus ladridos resuenan apenas la cronista toca el timbre de la casa de Inés Fernández Moreno y siguen un poco después, mientras la escritora la invita a ingresar en una vivienda que es una delicia de calidez, libros y puertas vidriadas que dan al jardín.
“¿Todo bien con los perros? ¿Son amigables?”: el encuentro se inicia con una pregunta que poco tiene que ver con la literatura y mucho con la escasa experiencia de la entrevistadora con cualquier mascota que exceda el tamaño y la discreción de un gato. Son amigables, aclara la dueña de casa y eso se verifica rápidamente. Sus perros se dejan acariciar; van, vienen, dan alguna vuelta, buscan más caricias y luego se alejan, complacidos. Cuando comienza la conversación en serio uno de ellos se queda cerca, muy a gusto con los mimos de la cronista que, a gusto ella también, hace preguntas mientras disfruta de la inesperada compañía.
Hasta que la mascota en cuestión lanza un ladrido que quizás también sea gruñido. “¿Por qué ladrás, Pina”?, le pregunta Fernández Moreno antes de aclarar con sonrisa tranquilizadora: “Está ladrando porque escuchó algo en la calle, no tiene que ver con vos”. Los hechos la respaldan: rápidamente Pina deja de ladrar (¿o gruñir?) y se vuelve a acomodar junto a la mesa donde se realiza la entrevista, lista para seguir recibiendo arrumacos.
"El humor te ayuda a entender, porque implica mantener una distancia frente a las cosas, no dejarte envolver totalmente" dice Inés Fernández Moreno–Me recuerda a tu cuento “Mi perra y yo”. Parece que está basado en hechos muy reales...
–Ese cuento es más como un fragmento poético. Ahí sentí que me acercaba a mi viejo. Él tiene un largo poema que se llama “Mi perro”. No había tenido animales hasta muy grande; se lo trajo de Cuba, donde vivió mucho tiempo. Y desarrolló una relación de amor muy notable con ese perro. A mí me fue pasando un poco lo mismo. Tuve muchos perros a lo largo de la vida, pero también aprender a tener un animal es una historia. Tuve uno que se escapó, otro se murió, uno lo tuve que regalar… Con estos últimos [los señala] el vínculo es más comprometido.
–Cuando leí tu relato pensé en Cuentos para la supervivencia terrenal, el documental donde la ensayista Donna Haraway habla de su perra, del lazo entre especies, de cómo van envejeciendo juntas.
–Yo pienso eso, también. Y calculo cuál de las dos se va a morir primero. Prefiero que ella se muera primero, y creo que es lo que va a pasar. Quizás me muero mañana, pero creo que voy a vivir diez años más y no sé si ella va a vivir ese tiempo. Pienso en lo doloroso que debe ser para un perro ver desaparecer a la persona… En su poema, mi viejo dice que no quiere ver la muerte del perro. A mí me pasa al revés, quiero ahorrarle esa ausencia. Distintos modos del amor y del afecto.
"Creo que el humor es una forma de inteligencia"
El “viejo” de Inés es César Fernández Moreno, aquel de Argentino hasta la muerte. Hijo a su vez de Baldomero Fernández Moreno. Inés se debe haber cansado de escuchar comentarios en relación a semejante linaje; también se debe haber cansado de sospechar –y de contarlo en más de una entrevista– que la razón por la que durante años encapsuló el deseo de escribir y se dedicó a la publicidad y el marketing simplemente era ésa: el peso del apellido, la riqueza y la carga de hacer crecido en una familia de autores tan emblemáticos.
Pero el camino de la literatura de algún modo estaba abierto –el trabajo como creativa publicitaria la mantuvo “alerta y con el músculo de la escritura activo”– y lo terminaría recorriendo. Licenciada en Letras por la UBA, participante en ese semillero de escritores que fue el taller de Abelardo Castillo, pasados los 30 años Inés se lanzó a la narrativa: escribió libros de cuentos, novelas y, entre otros galardones, obtuvo en 2014 el Premio Sor Juana Inés de la Cruz por la novela No te quiero más.
Este año publicó No te hagas ilusiones (Alfaguara), libro de cuentos cuyo título, reconoce Fernández Moreno, tiene una pizca de provocación (algo frecuente, por otra parte, en los trabajos de la autora de La última vez que maté a mi madre). En su nuevo libro Inés se anima a indagar en modos de la escritura no tan atados al corsé del cuento clásico y se prodiga en eso que ella sabe hacer tan bien: mirar con inteligencia en las hendijas de lo cotidiano, preguntarse por el amor y el difícil territorio de los vínculos afectivos; hundir el escalpelo y permitirse, cuando cabe, el oxígeno del humor.
–En tu obra hay mucha presencia de los conflictos ligados a la vida en pareja. ¿Lo amoroso siempre es buen material literario?
–Lo incorporo desde el humor, y también desde un punto de dificultad. Porque no es fácil la vida en pareja. Yo me casé dos veces y viví siempre en pareja. Pero la vida en pareja no es fácil.
–¿Es fácil escribir sobre ella?
–Te propone distintos conflictos y eso, como todo lo que te sucede en la vida que es conflictivo, es material literario. Es tan fácil o difícil escribir sobre eso como sobre los otros conflictos que tenés en la vida. Lo que pasa es que es un tronco vital muy importante, el del amor y la pareja.
–¿El registro del humor sale solo o hay una búsqueda premeditada?
–Yo creo que el humor es una mirada que viene con uno, está dentro del programa. No hay en absoluto algo premeditado o una búsqueda. En mi caso, el humor es algo que se cultivó mucho familiarmente. En casa lo irónico estaba dando vueltas siempre, se hacían chistes con las palabras… Mi viejo tenía un espíritu cachador, como se decía antes. Creo que en parte heredé esa mirada humorística, a veces de humor negro. Forma parte de la vida, de cómo uno mira las cosas. Creo también que el humor es una forma de inteligencia. Una forma de soportar los horrores de la vida, como diría [Liliana] Heker. Te ayuda a sobrellevar la crueldad de la vida. Y también te ayuda a entender, porque implica mantener una distancia frente a las cosas, no dejarte envolver totalmente. De todas maneras, en este último libro yo pensaba que el humor se me había ido gastando un poco [lanza una carcajada]. ¡Y me río! Pero a medida que pasan los años voy viendo las cosas un poco más oscuras. Creo que estoy perdiendo el humor.
"A los 70 años, si estás bien físicamente y mentalmente, estás como en la juventud de la vejez"
–Sin embargo, aparece en buena parte de No te hagas ilusiones.
–Me alegra que vos, como lectora, lo veas presente. Son cuentos escritos unos dos años antes de la pandemia y a lo largo de la pandemia también. Por la edad que tengo, por las cosas que empiezan a suceder, los amigos que se mueren… Empezás a ver la parte no tan sonriente de la vida. El humor sigue estando, pero también hay una dosis mayor de melancolía.
–Desde hace unos años están cambiando unas cuantas cosas, entre ellas la manera en que la gente percibe el paso del tiempo. ¿Cómo te sentís con eso?
–A los 70 años, si estás bien físicamente y mentalmente, estás como en la juventud de la vejez.
–Vos que trabajaste en publicidad, ¿qué pensás de los nuevos modos de llamar a este período de la vida, “generación senior” o “generación plateada”, por ejemplo? ¿Te identificás con alguna de estas definiciones? ¿O te resultan risibles?
–Me resultan un poco risibles, es como lo políticamente correcto. Es interesante desde el punto de vista de que por lo menos eliminan las denominaciones despectivas. Como decir “viejo”. Viejo siempre viene al lado de “viejo de mierda”. Una vieja, “vieja de mierda”. A ver, plateado… es simpático. ¿Senior? Medio como de marketing. Es para el consumo, porque todavía consumen. Lo interesante es esto de buscar otras denominaciones que no sean las despectivas. La de los plateados no la había escuchado nunca.
"Me fui tomando algunas libertades en mi último libro, hice un camino de búsqueda"–¿Cuánto de la cuestión de la edad tiene que ver con el cuento “El arte de perder”?
–En algún momento pensé que ese podría ser el título del libro. Así se llama un poema de [Elizabeth] Bishop que es precioso. Porque la pérdida tiene lo doloroso pero también tiene su arte, una poesía. Y “El arte de perder” está muy ligado a la pandemia, porque durante la pandemia cada uno se aisló, perdiste el contacto con los otros, la naturalidad del contacto con el mundo, no podías ir al cine, al teatro, a ningún lado, ni encontrarte con amigos. Uno iba perdiendo vínculos y buscándose otras formas de resistencia. Parecía que ni siquiera tenías la libertad de morirte acompañado. Era un recorte muy grande, en un período de la vida en que uno siente que va perdiendo amigos, ilusiones. En ese contexto, pensé que la pandemia te llevaba a pensar en tu vida, recordar el pasado. Fue un momento en que fácilmente uno miraba hacia atrás. Un momento de bisagra. En medio de todo eso recordé algo que había perdido, pensé ¡cuantas cosas que perdí! Y como tengo mala memoria, hice una lista. De ahí salió el cuento, que no sé si es cuento.
–¿Toda la enumeración de elementos que hacés en ese texto es real?
–Sí, totalmente real. Después me acordé de otras cosas que había perdido.
–Entonces me parece que en realidad tenés buena memoria. Si todas las cosas mencionadas ahí son reales, están recordadas con mucha precisión.
–Seguro que algunas cosas no te olvidás porque son pérdidas que lamentaste mucho. Si perdés un paraguas o un par de guantes, ya está. Pero hay cosas que duele perder. Lo cierto es que el formato “cuento” fue también un tema en este libro. Como ya dije muchas veces, yo empecé a escribir bajo la tutela de Abelardo Castillo. Abelardo era un maestro del cuento, de un cuento muy estructurado, a partir de una concepción que sería la de [Edgar Allan] Poe, esto de que los cuentos tienen que tener un principio, desarrollo y final, que hay que dejar ciertas pistas... Cuando empecé a escribir, como soy bastante obediente, estaba muy atenta a estos parámetros. Después, a medida que pasó el tiempo, me fui tomando libertades. Porque el cuento evolucionó; en los últimos años leí bastante a Lydia Davis, que es una autora que me fascina, que escribe de lo que se le canta. Tiene una libertad increíble, y yo me fui tomando algunas libertades en este libro. También hice un camino de búsqueda. La idea de no tener que escribir tanto todo, sino hacer otro tipo de explicación, preguntarme ¿y qué pasa si no lo desarrollo como cuento y se queda en sinopsis? Alguna sinopsis se coló.
"Algo un poquito peligroso es que cuando ves un texto en la pantalla se crea una ilusión de corrección, no está la desprolijidad de lo escrito a mano. Toda la parte de la vacilación y la duda no aparece en el texto escrito en la computadora"
–Si la cuestión es el paso del tiempo, está el cuento “Última salida”. ¿Esa madre y esa hija que caminan por Avenida Santa Fe son los mismos personajes de La última vez que maté a mi madre, la novela que publicaste a fines de los noventa?
–Son los mismos personajes. Como es el mismo personaje en la novela El cielo no existe. Es el momento en que una hija todavía activa y joven tiene que acompañar a una madre mayor que está en el fin de su vida. Es este tironeo que conozco mucho a través de lo que me sucedió a mí, lo que le sucedió a amigas, que si no es por cariño se da por necesidad ética de acompañar a una madre, de estar presente. Ahora, ¿cuánto de vos ponés ahí cuando postergás tus propias necesidades? Porque es tu tiempo, tu dinero, tu presencia. ¿Cuánto estás dispuesta a darle? Ahí está el tironeo. Cuánto te cuidás vos y cuánto la cuidás a ella. En ese episodio del cuento, donde la acompaña a caminar tres cuadras, el personaje joven está apurado, tiene que hacer mil cosas. Pero para la madre esas tres cuadras son como una despedida del mundo. Con la edad el mundo se te reduce, como se te reduce lo más cercano, toma otra dimensión. Pararte ante un quiosco es todo un mundo. Y es cierto que esto uno se lo pierde. Ahí hay algo poético: mirar mucho más de lo que se mira habitualmente.
–¿La intensidad de la mirada de un niño?
–Sí, la intensidad de un niño. El personaje, que en realidad era mi madre, era así. Ella estaba fascinada con cada cosa, cada vidriera que veía le despertaba una reflexión, una pregunta, una curiosidad. Eso es algo muy interesante y vital que el otro personaje del cuento no puede ver o disfrutar. Al revés, se irrita, porque está siguiendo otro ritmo, su propio ritmo. Pero a la vez percibe esto y lo injusto que es no haber podido acompañar ese momento.
–¿Hay en este tironeo del que hablás algo particularmente femenino?
–Claro, tengo amigas de más de 70 años que tienen una madre que todavía tiene 90. ¡Por favor, qué falta de consideración, hay que morirse antes [hace un gesto teatral, se ríe]. Es un momento muy particular en ese sentido, porque a los 70 o 75 años tenés tus propios problemas físicos. Yo les decía a mis amigas: vamos a ser minas de 80 años cuidando madres de 100, ¿qué pasó? No está bien organizado, algo falló ahí. Antes los viejos se morían más discretamente, a una edad acorde para que los hijos tuvieran su libertad [vuelve a sonreír].
–También está el tema de quién acompaña o cuida a los mayores. ¿Las tareas de cuidado siguen siendo cosa de mujeres?
–Es verdad, sigue siendo así. Yo tengo una hija y dos hijos varones. Mis dos hijos varones viven afuera. Y mi hija mujer cada tanto les dice, che, ustedes qué piolas, cuando ellos dos se enfermen la que se va a tener que ocupar soy yo. Los hijos varones mandan dinero, pero es cierto que la hija mujer… Bueno, es lo que sucedía antes, vos viste que había una hija mujer que era la que tenía que quedarse soltera para cuidar de los padres viejos. Y era un papel aceptado.
–¿Todo cambia pero no cambia tanto?
– O cambia muy lentamente. Me quedé pensando en esto de las mujeres, de los cuidados de los viejos, los enfermos. Me parece que hay una mayor facilidad para hacerse cargo de la cosa física, del deterioro físico. Vos como mujer tenés el vínculo con la sangre, la menstruación, los partos, cambiar pañales, darle la teta a un bebé… hay un tránsito por situaciones físicas que es más natural en una mujer que en un hombre, ¿no?
–El feminismo diría que son mandatos.
–Bueno, pero estamos sumergidas en el mandato todavía, qué sé yo cómo será para mis hijos, o para las generaciones mas jóvenes que ellos.
–¿Esta época nos estaría permitiendo ser testigos de transformaciones que, a su ritmo, se van produciendo a cada rato?
–Bueno, yo escribía a máquina de escribir con papel carbónico y tres copias. Y eso que venía de una familia de intelectuales, fui al Colegio Nacional Buenos Aires, viví un feminismo inicial. Lo de quedarte en tu casa y tener hijos no era suficiente, había que encontrar algo para equilibrar, pero no sé si tenía la misma libertad que tienen ahora las mujeres.
–¿Podría decirse que te tocó vivir el feminismo de la Segunda Ola?
–No tanto teóricamente, sino en la práctica. En la vida. Yo trabajé toda mi vida, hice una carrera universitaria, gané mi propio dinero. Lo que sucede ahora con los feminismos lo miro con una cruza de aprobación por algunas cosas y desaprobación por otras. Debo decirlo, es la verdad. Me parece que desde donde venimos, que es de la dictadura total del patriarcado, es lógico que si tenés que sacudir y mover toda esa estructura, todo se vaya a un extremo. Pero me parece que falta encontrar un punto de equilibrio. No estoy con los feminismos que ven a lo masculino como enemigo.
–Eso se nota en lo que escribís.
–Tendría que haber una colaboración. Hay algunos bordes de exceso que no comparto, pero en líneas generales por supuesto que respaldo al movimiento feminista. A lo que yo entiendo como movimiento feminista. Básicamente en lo esencial, que es la igualdad de oportunidades, sí, obviamente que lo respaldo.
–Como todas. Difícil posicionarse en otro lugar.
–Sí, pero hay lugares muy extremos en el feminismo. Lo que pasa con el inclusivo: yo no lo puedo usar, qué le voy a hacer, uso el lenguaje que me resulta natural. De todos modos, veo con interés lo que sucede. El lenguaje tarda, es como un organismo vivo que tiene sus reglas, es difícil imponerle ciertas conductas. Si finalmente queda incorporado, bueno, quedará incorporado.
–En relación al universo femenino, ¿qué distancia encontrás entre tus últimos trabajos y un cuento como “Qué yeta ser mujer”, que circuló tanto en su momento?
–¡Ah, ese cuento en particular! Ahí inventé mucho, pero lo que no inventé fue el lenguaje de la cosmetóloga. Cuando lo escribí había estado leyendo unos cuentos de Mercé Rodoreda que había tomado monólogos de distintos personajes, hablas muy particulares, parodias de algunas formas de hablar. Entonces yo tenía por un lado el habla de esa cosmetóloga, y por el otro esta cosa de las mujeres de una generación anterior, mujeres grandes que hablaban de las cosas físicas que les habían pasado: una que tenía un quiste en el ovario, otra a la que “habían tenido que vaciar”, menganita a la que el marido abandonó… Una cosa de queja, de mujeres que eran abandonadas y sufrían mucho todo lo corporal. Un tipo de mujer. Ahí se me unió el habla de la cosmetóloga con un tipo de desdicha femenina que tiene que ver con una generación anterior. Así que sí, ahí hay una distancia. Pero también hay algo que todavía persiste, porque los mundos de la cosmetóloga, la depiladora, la peluquera están próximos a mundos tradicionalmente femeninos. Con todo lo que tiene que ver con la belleza, con una estética que hay que cuidar. Aunque es verdad que también ahí se produjeron cambios: hay mujeres que no se depilan, hombres que sí lo hacen. Todo lo vinculado a lo estético cambió mucho, como la aceptación de otros tipos de cuerpos.
–¿No pensás que más bien conviven el mundo de las exigencias estéticas y el de una actitud más relajada frente a esas exigencias? Pienso, por poner un caso, en lo que pasa con los filtros de Instagram y la gente que quiere, en la vida real, lograr una apariencia similar a la que producen esos filtros.
–Es verdad. Está muy raro todo eso. Como los avatares, que dicen que es lo que va a venir. Con el avatar zafás de todo. Hay cosas muy interesantes, nuevas y al mismo tiempo temibles, combinadas con las nuevas tecnologías.
–Por no hablar del ChatGPT, que podría llegar a escribir… ¿esta misma entrevista? ¿Un cuento?
–Soy grande y todavía me siento en un ámbito en el que lo singular de un escritor tiene su valor. Pero sí me interesan esas tecnologías como algo que puede modificar radicalmente todos los valores. En ese caso, ¿dónde estaría la singularidad de lo humano? Estamos encaminandos a preguntas y cambios muy inquietantes.
–De la época en que empezaste a escribir a la actualidad, ¿hubo algún momento, alguna experiencia, que hayas vivido como un antes y un después?
–No siento que haya habido algo radical, un antes y un después. Tal vez lo más radical que sucedió fue el ingreso de la tecnología. O sea, otras formas de escribir que tal vez hayan tenido cierto peso, pero no sé si fundamental. Por ejemplo, cuando escribías con la máquina de escribir lo hacías linealmente, una palabra se encadenaba a la otra. Como decía Guillermo Saccomanno, mientras él tachaba y ponía xxxx, eso le daba un tiempo para ir pensando cómo iba a sustituir esa palabra. Con la computadora, esa linealidad ya no está. Vos podés sacar todo un párrafo y pegarlo en otro lugar; es más como si estuvieras amasando. Se modificaron la linealidad y la velocidad. Algo un poquito peligroso es que cuando ves un texto en la pantalla se crea una ilusión de corrección, no está la desprolijidad de lo escrito a mano. Toda la parte de la vacilación y la duda no aparece en el texto escrito en la computadora.
–¿Una superficie sin marcas?
–No están las marcas de la duda. Ni de la reflexión sobre ciertas cosas. Pero tampoco siento que todo esto haya sido algo fundamental. Se fue incorporando de a poco. Con bastante sufrimiento. Para algunos escritores fue dramático, hubo gente que perdió todo por tocar una tecla incorrecta. Hubo algunos problemas. A mí me pasó: llorar sobre el teclado porque un texto sobre el que había trabajado todo el día había desaparecido de la máquina, por algo que yo había hecho mal.
–Armaste un curso que se llama “Leo, luego escribo”. Casi, casi, una declaración.
–Es que la lectura es la contracara de la escritura. ¿Alguien que quiere escribir y no lee? No, no. Ya sabemos, Borges decía que estaba más orgulloso de lo que había leído que de lo que había escrito. Claro, era Borges con esa humildad profesional que tenía. Pero la lectura es uno de los lugares donde uno aprende. Y lo que te impulsa. Es un estímulo muy grande, tiene que ver con aquellos textos y autores que te tocan.
–¿La inteligencia artificial podrá leer? Leer en serio, percibir distintos niveles de sentido, asociar, emocionarse.
–Y sí, porque si va aprendiendo de los diálogos humanos y va incorporando toda esa humanidad, tiene en cuenta tus afectos, emotividad, capas inconscientes… En la medida en que se va complejizando, la lectura podría ser algo posible, ¿por qué no?
http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA
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