lunes, 29 de mayo de 2017

ANÁLISIS ECONÓMICO

MARTÍN TETAZ



Consumo, luego existo
No siempre ganar más o gastar más implica más felicidad.
Todavía recuerdo el shock de adrenalina, la cara contra el viento, en caída libre. Treinta segundos después, el contraste de la paz absoluta y cinco minutos flotando en el aire como una pluma, a la que poco a poco va venciendo la gravedad, hasta que gentilmente encuentra el suelo.
Hasta ahora, ese fue el mejor regalo de cumpleaños de mi vida. Como toda experiencia, el salto en paracaídas genera tres consumos en uno; el placer de la anticipación, el cóctel de emociones de la propia vivencia y el sabor del recuerdo. La sorpresa me privó del primero, pero potenció el segundo.
En la memoria de las experiencias reside el secreto de su enorme ventaja sobre las cosas materiales, para mover la aguja de la satisfacción de largo plazo, esa que relevan las encuestas de Gallup y que muestra que nuestro país ocupa el puesto número 22 en el ranking mundial de felicidad.
A diferencia de lo que sucede con los bienes de consumo durables, como un plasma o un celular, las experiencias que no resultan tan satisfactorias como se había conjeturado, pueden ser editadas en la memoria. Y las investigaciones de psicólogos cognitivos como Daniel Shacter o Elizabeth Loftus demuestran que eso es efectivamente lo que ocurre: que no almacenamos los recuerdos como si nuestro cerebro fuera el disco rígido de la PC, sino que más bien construimos nuestras memorias.
Más aún, el padre de la Economía del Comportamiento, Daniel Kahneman, ha descubierto que en vez de guardar el recuerdo de todo lo que ocurrió, promediando algebraicamente el “minuto a minuto” de nuestras vivencias, lo que hacemos es ponderar los picos de intensidad de las ocurrencias, dándole incluso un mayor peso a lo que sucede al final de un evento.
Por esta razón no hay dinero mejor gastado que el que se destina a cumplir el sueño de conocer un lugar deseado, experimentar el vértigo de un vuelo en parapente o acompañar a un piloto de automovilismo en un coche de carreras. Y dentro de esas experiencias también existe una lógica para la planificación del acto, una suerte de arquitectura de las vacaciones y las sorpresas.
En particular, los viajes al exterior gozan además de la enorme ventaja del dólar barato. Pensemos que hasta fines del 2015 cualquier turista que viajaba afuera conseguía dólares de $13, puesto que sus compras con tarjeta se cotizaban al tipo de cambio de $9,60 más el 35% de anticipo de ganancias. Ni hablar del cash. Es verdad que existía la posibilidad del dólar ahorro que se podía comprar a $9,60 más el 20%, pero lo concreto es que una vez que alguien se hacía del billete físico, podía venderlo a $15 en el paralelo, de modo que ese era el real costo de oportunidad de gastar divisas. Diecisiete meses después, el costo de la moneda estadounidense apenas aumentó a $15,70, pero hubo prácticamente 50% de inflación acumulada y cuando haya concluido la ronda de paritarias de este año, el aumento de salarios acumulados será incluso mayor que eso.
Esto quiere decir que el salario puede comprar hoy muchos más días de vacaciones que hace dos años. Aunque la diferencia no es tan grande, el dólar también está barato para comprar autos, televisores y celulares inteligentes, dado que todos esos productos son o bien importados o bien ensamblados en nuestro país con un altísimo porcentaje de partes traídas del exterior. Por esta razón, a pesar de que la economía muestra una recuperación más bien tímida, estos bienes de consumo durables baten récords de ventas. Es cierto que en buena medida la bonanza del mercado automotor se explica por el éxito del blanqueo, pero una parte del crecimiento del 42,5% registrado en el primer trimestre obedece a los precios relativos más favorables.
Estos bienes de consumo durables revisten, además, el carácter de “aspiracionales” porque sirven para señalizar la posición socioeconómica de quienes los demandan.
De hecho, uno de los resultados más notables de la Economía de la Felicidad es que más que el ingreso absoluto, lo que mueve las agujas de la satisfacción personal es la percepción de ingreso relativo. Uno de los resultados más notables de esta disciplina es que no es cierto que las personas de más altos ingresos reporten mayores niveles de satisfacción de manera sistemática. Sin embargo, el economista argentino Ricardo Perez Truglia descubrió que en Noruega, cuando se hacen públicas las declaraciones de impuestos a las ganancias, de repente las diferencias económicas empiezan a importar. De algún modo la hipótesis es que solo cuando los ingresos son visibles ejercen un efecto en la felicidad de sus poseedores, porque operan como estructuradores de la jerarquía social.
En ausencia de semejante transparencia nórdica, emerge la demanda de bienes durables como un modo de consumo presuntuoso, que se hace más para ostentar que por el placer intrínseco que reporta el bien en cuestión. Esto es más patente cuanto más visible resulta el bien y tiende a desaparecer cuando se trata de artículos que solo se disfrutan puertas adentro.
¿Y las propiedades?
El otro sector que registra mucha actividad es el inmobiliario. En la Ciudad de Buenos Aires durante los tres primeros meses del año las escrituras volaron un 57,4%, en comparación con similar período del año pasado. Aquí la combinación de la salida del cepo y la liquidez proveniente del sinceramiento fiscal están empujando la demanda, al tiempo que el crecimiento de los créditos hipotecarios es el responsable de que una de cada cinco operaciones se haga con plata prestada por un banco, algo que no sucedió en los últimos nueve años.
El real estate se puede comprar casi como un bien de consumo durable, para resolver un problema habitacional pero también como inversión. Y aquí la pregunta clave es si las propiedades están baratas o, en otros términos, si tienen chances de subir en los próximos años.
Es cierto que en la cultura latina se le asigna además a la vivienda un contenido aspiracional. En Alemania o en Suiza, por poner dos ejemplos de países desarrollados, la tradición es el alquiler y menos de la mitad de la población es propietaria. En nuestro país, incluso a pesar del déficit habitacional y de las dificultades económicas, dos terceras partes de las familias viven en tierra propia.
El destino del ladrillo como inversión tiene dos causas explicativas. La primera es la ausencia de refugios de valor en un país que tiene alta inflación hace más de 70 años y la segunda está asociada a su ventaja cognitiva respecto del mercado financiero tradicional, en cuanto a su menor percepción de riesgo.
La verdad es que el precio de las propiedades también baja como lo hacen las acciones o los bonos, pero como no se publica todos los días en una pizarra, el dueño conserva la ilusión de que mientras no venda su propiedad por menos de lo que pagó para adquirirla, no ha sacrificado nada. Con las acciones, en cambio, la sensación es que se pierde dinero desde el mismo momento en que se conoce la noticia de que el mercado ha bajado. De algún modo existe una discriminación cognitiva entre los mercados de capitales y los de propiedades, que son pensados de manera diferente.
En la microeconomía que enseñamos en la facultad, la gente consume las cosas que le reportan mayor utilidad, mientras que a la hora de elegir inversiones lo hacen buscando la mejor combinación posible de rentabilidad y riesgo. En la realidad, la arquitectura del consumo es la clave de la satisfacción y el destino de nuestros ahorros está fuertemente influido por las limitaciones de nuestros sesgos cognitivos.






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