jueves, 20 de diciembre de 2018

LECTURA RECOMENDADA,


LA ERA DE LA JUVENTUD EN ARGENTINA
Cultura, política y sexualidad desde Perón hasta Videla
Valeria Manzano
Portada de La era de la juventud en Argentina
Reseña
Los jóvenes adquirieron un lugar protagónico a lo largo del siglo xx como actores ligados a las dinámicas de modernización sociocultural. La juventud devino metáfora de cambio a medida que cuestionaba la autoridad del pasado y ponía en tela de juicio el poder patriarcal y las normas profundamente arraigadas de la interacción familiar y social.
A partir de la reunión de materiales dispares, desde archivos institucionales hasta películas, grabaciones musicales y expedientes policiales, Valeria Manzano examina cómo la juventud pasó a ser una categoría central, cuyos representantes se contaron entre los actores culturales y políticos más dinámicos de Argentina desde el derrocamiento del segundo gobierno de Perón hasta el golpe militar de 1976, pasando por las revueltas de mayo de 1969. ¿Cómo se la entendió, debatió y reguló en esos años de fuertes convulsiones políticas y transformaciones culturales? ¿Cuál fue el rol de la educación secundaria y universitaria, cada vez con más alcance entre los jóvenes de distintas clases sociales? ¿Qué cambios implicaron los nuevos consumos culturales, las novedosas prácticas de esparcimiento, la progresiva erotización del cuerpo femenino y las nuevas identidades? Haciendo foco en diferentes representaciones del "cuerpo joven", como los "pibes rockeros", las "chicas fugitivas" y los jóvenes militantes, la autora propone un recorrido por las diversas coyunturas que perfilan esta ecléctica época.
La era de la juventud en Argentina representa un análisis riguroso e innovador acerca de la posición crucial de los jóvenes en las dinámicas de modernización sociocultural. Afirma Manzano: "En calidad de estudiantes, consumidores y productores culturales, habitantes de una nueva sociabilidad y forjadores de nuevos hábitos sexuales, los jóvenes se convirtieron en portadores y en destinatarios de la modernización". Durante la última dictadura militar, cuando el término "cambio" asociado a los jóvenes es remplazado por las palabras "orden" y "caos", la era de la juventud llega a su fin.




Valeria Manzano
Valeria Manzano (Buenos Aires, 1975).

Es doctora en Historia Latinoamericana por la Indiana University e historiadora por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Se desempeña como profesora en el Instituto de Altos Estudios Sociales de la Universidad de San Martín (UNSAM) y es investigadora en el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). Ha sido profesora visitante en la University of Chicago y en la Université de Genève, entre otras. Ha recibido becas del Social Science Research Council y del American Council of Learned Societies. Sus investigaciones están centradas en la formación de culturas juveniles en Argentina desde las perspectivas de la historia cultural, política y sexual.
Ha publicado numerosos ensayos en volúmenes colectivos y artículos en revistas especializadas de Argentina y del exterior. Fue editora, junto con Isabella Cosse y Karina Felitti, del libro Los ’60 de otra manera. Vida cotidiana, género y sexualidades en la Argentina (2010).
Fondo de Cultura Económica ha publicado La era de la juventud en Argentina. Cultura, política y sexualidad desde Perón hasta Videla (2017).

ENTREVISTA CON LA AUTORA
La juventud es mucho más que una palabra y una pregunta. Y, claro, tiene muchas respuestas en el tiempo y en el espacio, especialmente en los escenarios y los tiempos de la historia argentina. Por lo menos lo es en la Argentina que va del primer peronismo y la dictadura de 1976. Ese es el recorte que la historiadora Valeria Manzano encara en la tesis devenida libro La era de la juventud en Argentina (Fondo de Cultura Económica) y del cual en esta entrevista ubica en tiempo y espacio.

–¿Cuándo surge la idea de joven en el mundo y cuándo en la Argentina?

–La idea de juventud es un producto intrínsecamente vinculado a la modernidad, y a la modernización. En la Argentina, antes del peronismo, hubo experiencias y sujetos juveniles relativamente acotados. Existieron otras figuras juvenilistas muy importantes, en la década del 20, en la década del 30 como las chicas modernas y otras como los petiteros. En el marco de la experiencia peronista se asientan las condiciones para una categoría cultural que es la juventud, habitada por mayor cantidad de jóvenes de edad donde yo rescato la expansión de la escolarización secundaria. Esto hace que a muchas familias trabajadoras les sea posible y deseable tener un hijo en el sistema educativo, y un hijo o hija con capacidad de consumo para poder participar de ese mercado que se estaba generando en función de los gustos o necesidades del joven.

–Cuando hablamos de los jóvenes de hoy aparece la idea de que no pueden pensarse a sí mismos en el futuro. Antes, ¿podían pensarse?

–Absolutamente. Podían pensarse y ser pensados como portadores de futuro, y de un futuro que se creía siempre mejor. Se pensaba el ingreso al mundo escolar y universitario, ser mejor educado, primero, para eventualmente ser más rico después, había una confianza social depositada en el proceso educativo como espacio en el cual las generaciones posteriores iban a estar mejor. Eran futuros muy diferentes.

–Subrayás la importancia del año 1956 con la llegada del rock. ¿Qué significó ese año en particular?

–El rock marca una identidad específica para el sujeto juvenil. Si uno ve la organización de los bailes populares, en los barrios de Buenos Aires, uno puede ver cómo va decantando un espacio de sociabilidad nocturno propiamente juvenil ligado fundamentalmente al baile del rock, un mundo exclusivamente juvenil. El rock –que viene de EE.UU.– tiene que ver con el baile, con interactuar de manera diferente. También generó una serie de ansiedades sobre el desenfreno sexual asociado pura y exclusivamente con el sujeto juvenil. De hecho los primeros concursos de baile en la ciudad de Buenos Aires en los carnavales de 1957 ¡se prohíben por decreto!

–Retomando una expresión de David Viñas, ¿pensás que la frustración es una característica de este joven de los cincuenta y los sesenta?

–No, no me parece. Viñas habla de una generación frustrada y eso no tiene alcance más allá de círculos intelectuales pequeños, e incluso como construcción se va evaporando rápidamente con el correr de los 60. La relación con Cuba hace que cualquier idea de frustración, de malestar, se vaya revirtiendo relativamente rápido por un tipo de aproximación utópica a lo que viene y a lo que vendrá, pero me parece que no es la frustración lo que marca ni prende siquiera entre jóvenes militantes que estaban reevaluando el peronismo y la lucha armada. Hay vertientes que surgen de circuitos contra-culturales como el caso del periodista Miguel Grinberg pero no prende.

–¿Y cómo se conjugan la vertiente política, de la militancia y de militancia armada, con la idea de juventud que mira íconos de consumo de lugares como Estados Unidos?

–Chocan un poco. La juventud en estos es portadora y hacedora de las dinámicas de modernización sociocultural más importantes y también uno de los sujetos que más las cuestiona. A fines de los 60 y principios de los 70, más allá de las familias políticas a las cuales pertenezcan, uno de los elementos que cuestionan, es la confianza en el proceso de modernización, en entender que la Argentina es un país moderno, homogéneo, igualitario, y es por eso que los jóvenes que van a militar comparten esta creencia de que la Argentina es un país del tercer mundo. Y por ende debe atravesar luchas similares a las de otros países del tercer mundo, con metodologías similares, si queremos, también hay un cuestionamiento a lo que muchos jóvenes que se estaban politizando veían como uno de los productos de esa falaz Argentina colonial, que era la propia juventud, entendida como escapista que contradice o que se solapa demasiado profundamente con las contradicciones de clase o las de pueblo, oligarquía. Pero en comparación con países como México y Chile, las juventudes políticas no tienen una visión reactiva frente al rock argentino, casi diría que es lo opuesto, un reconocimiento del rock que se había generado como fenómeno urbano y juvenil en la Argentina, tenía un componente fuertemente antiautoritario masivo. En El descamisado, hay referencias casi siempre a la masividad del rock argentino, a que se canta en castellano, digamos, a que apunte a un discurso, un mensaje antiautoritario, se le reconoce créditos locales, de hecho la idea de que hay un rock nacional que se suele asociar con la Guerra de Malvinas, yo la encuentro ya para el setenta y dos, setenta y tres, hay un respeto al rock en la Argentina que no se ve en México, y no sucede en Chile, donde la izquierda es mucho más reactiva.

–Surgen espacios de sociabilidad ya desde el siglo XIX. Son una característica local...

–Me interesaba correrme de ver unos sesentas casi exclusivamente en función del Di Tella y sus espacios de sociabilidad. Se deja de lado una serie de procesos que ven la historia de la juventud y que son igualmente significativos. Ambos nos hablan de la heterogeneidad de las experiencias, gustos y culturas juveniles y de los modos de sociabilidad juveniles. Uno destaca la novedad, la extravagancia, las formas de vivir mucho más iconoclastas esos sixties locales. Ambos fueron sixties y sesentas.

–¿Qué representó en particular la facultad de Filosofía y Letras de la UBA para la época?

–Es la facultad que más crece en alumnos, claramente va a estar a la vanguardia de la renovación universitaria pos 55, con la creación de carreras nuevas, la inclusión de una planta docente, o de ciertas áreas de conocimiento, que van a estar en la vanguardia de la renovación intelectual. Y también es el centro de la politización estudiantil. Los ecos y los modos de representar Filosofía y Letras eran siempre en clave de lo más disruptivo, en términos políticos y en otros como que las chicas de Filosofía y Letras siempre eran representadas como las que estaban a la vanguardia también de la libertad sexual. Fue una de las facultades más innovadoras, la que atrajo un cuerpo estudiantil más curioso en lo intelectual, de lo cultural de esa cohortes juveniles que estaban más allá de lo que pudieran hacer o no con un título que no sabían para qué les podía servir, todavía.

–En la revista Para Ti de 1963, que habla de la nueva ola. ¿Cómo se caracterizaba esa nueva ola del 63?

–Tenía que ver con los consumos de música, el rock, el twist, y un modo de vestirse y de plantarse. Para Ti arma un test donde preguntaba si a las chicas les gusta salir más en barras mixtas que con amigas, si les gusta más ponerse una pollera relativamente corta, si les gusta bailar el twist, entonces sí, pertenecen a la nueva ola. El fenómeno del Club del Clan es parte del fenómeno y es algo claramente formateado, contra el cual los rockeros posteriores van a reaccionar. Hay una homogeneización en ciertas pautas de peinado, vestimenta, canciones, qué se canta, qué no se canta, qué se puede decir, qué no se puede decir.

–Claro, este también es el contexto en el que se cruza, choca y se alimenta la revolución sexual.

–Exactamente. Y creo que está totalmente imbricada con cómo analizo sus vínculos con las dinámicas de modernización socio-cultural, hay algo en las relaciones de género, de la sexualidad, que está intrínsecamente asociado con esta historia. Hablar de la juventud públicamente era hablar de las transformaciones en la sexualidad y viceversa. Lo que sucedía en el universo de la moral sexual, y de ciertas pautas del erotismo más novedosas de los 60 están ligadas a los jóvenes. Hay una marca completamente generacional en esa revolución sexual, que lo tomo de mi colega Isabella Cosse que habla de una revolución sexual discreta, en la Buenos Aires de los sesentas. Yo coincido, uno de los elementos clave en las transformaciones de la moral sexual es la aceptación de las relaciones sexuales prematrimoniales. Y remarco en la discusión pública que se enfatizaba el “prematrimonial”, el horizonte del matrimonio seguía estando.

–Llegando al 73, los jóvenes son protagonistas de esa primavera pero también de la tragedia que se va a venir.

–Claro. No todos los que se politizaron y radicalizaron fueron jóvenes, ni todos los jóvenes atravesaron ese proceso de radicalización. Pero sí es innegable que el escenario político argentino se transformó con una camada grande de jóvenes que entra a la política. Hubo posiciones dentro del peronismo más radicalizado, que muy rápidamente alertaron sobre la tensión entre lo generacional y lo revolucionario. Esta glorificación en algún punto a esas nuevas posiciones ideológicas asociadas con la juventud, pero también, tanto en Héctor Cámpora como en Juan Perón aparece una idea muy antigua en torno a la juventud. Es el héroe, es el que se sacrifica, el que carece de egoísmo, pero también es el que hay que tutelar. La figura de la juventud tutelada es muy importante, y aparece antes del desenlace más trágico de la relación en tanto posición ideológica y simbólica. La juventud es inmadura y hay que tutelarla de alguna manera. Se busca arrinconar a un colectivo político que se autoproclama por la revolución, implicaba también la idea de inmadurez de que hay que frenarlo. Y que necesita la tutela del mayor.

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