domingo, 26 de febrero de 2017

¿BAILAMOS?


Van por ahí, cantando su pregón pop, contagiando a la gente -a todos: a los hombres, a las mujeres, a los chicos, a los viejos, a los negros, a los blancos-, compartiendo su satisfacción por el baile. "Porque estoy feliz" ("Because I'm Happy"), se justificaba hace unos años Pharrell Williams, cuando viralizó su himno optimista, una llamada irrechazable a moverse. Y "No puedo parar" ("Can't stop the feeling"), agrega ahora, un par de años más tarde, Justin Timberlake, comiendo de la misma exitosa receta con efecto chicle: burbujeante y pegadiza. En este sentido (y podríamos discutir si en otros más también), los dos (el negro y el blanco) beben de la misma fuente de la sabiduría: Michael Jackson hizo primero eso de salir por la calle recogiendo a su paso, en cada estribillo, una estela de fieles sólo por el incontrolable afán de bailar. Éste es el tema.



"¿Es gente común?", me pregunta mi hija de 6 y si duda es sólo porque la camarera del bar, el repositor del supermercado, un desencajado oficinista de camisa verde o el niño que está a punto de darse un chapuzón aparecen "adentro" de la tablet. Pero desde esa tarde de verano que, como un resorte, saltó disparada de la butaca del cine para bailar debajo de la pantalla, en plena función de Trolls, ella (en nombre de la envidiable espontaneidad infantil) es para mí la mejor confirmación de que lo que nos pasa por efecto de la música no difiere en nada de lo de aquellos personajes del videoclip.
Con la misma fascinación maternal en la cara, días más tarde en esta cinéfila temporada, veo cómo levanta los brazos por encima de su metro veinte, con los ojos entrecerrados, y siente en el cuerpo el swing de la apertura de La La Land. La escena (cortazariana, aunque ella no sepa ni deba aún saberlo) es en una autopista: la fila de autos se extiende hasta perderse y la espera es persistente, cuando de a uno -conductores, acompañantes, otra vez: ¡todos!- van haciéndose eco de "Another day of sun", el tema que suena en la radio de uno de esos vehículos. Colectivamente, ellos componen la coreografía de un homenaje al musical (y el resto miramos sentados, pero moviendo los pies en los asientos, mientras recordamos por qué queremos tanto a Fred Astaire y Ginger Rogers).



Está científicamente comprobado: cuando la gente baila está feliz. No importa qué esté bailando. Ni si es un profesional o un pata dura. Todos -fisiológicamente hablando- liberan endorfinas y eso quiere decir que sienten placer. Entonces, ¿por qué no bailamos más? En la pugna de emociones, entra en juego, antes que ninguna otra, la vergüenza. "Porque no queremos que otros nos vean", sería la respuesta mayoritaria votada en una encuesta sobre el tema (que las hay), y luego desfilarán las excusas, la pereza, la falta de tiempo (que es real) y hasta un minoritario pero aceptable "porque no me gusta". Pero sépanlo, todos: igual estarán bailando. Según se investigó, el cerebro se comporta de la misma manera y genera las mismas reacciones mientras uno baila, que si tan solo se imagina haciéndolo. Entre tantos otros, en un experimento realizado por una universidad pública de Alicante se ratificó que "bailar o ver a otros bailar nos mantiene joven, activo, con vigor".
El impulso ancestral de la especie humana no está en duda: movemos el cuerpo al ritmo de la música incluso antes que hablar. Por más razones culturales, podríamos hacerlo en honor a Friedrich Nietzsche ("Yo solo creería en un Dios que supiera bailar") o al maestro Edgar Degas y sus magníficas señoritas en tutú. Sobran los ejemplos, de los más elevados a los más accesibles.


"Porque estoy feliz, no puedo dejar de bailar", llevaría escrito el globito : "(Because I'm) Happy, I cant stop the feeling". En representación de los animados Minions, la primera canción fue candidata a un Oscar en 2014, pero perdió contra el himno gélido de Frozen ("Let it go"). La segunda peleará por un premio hoy, cuando en la noche más importante de Hollywood, se mida, entre otras, con "City of Stars", tema principal (incluido en distintas versiones) en la banda de sonido original de la película más nominada de la historia junto con Titanic: la favorita, La La Land. Entonces podría ocurrir, además, que cuando en la transmisión suenen los primeros acordes del piano que aprendió a tocar Ryan Gosling, uno se deje ganar por el instinto y estire la mano para, en medio del living, cursar la casual invitación: ¿bailamos?

C. B. 

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