jueves, 28 de septiembre de 2017

LECTURA RECOMENDADA


Crónicas del desamor, de Elena Ferrante
Cuando el pasado no deja de acosar



No hay que perder de vista que si bien Crónicas del desamor, de Elena Ferrante, acaba de publicarse en la Argentina, las tres novelas que se reúnen en este volumen son previas a Dos amigas, la tetralogía de esta misteriosa autora italiana. Esto es digno de aclarar porque en esta suerte de "precuela temática" se percibe con claridad el germen de lo que después va a crecer hasta florecer a lo largo de esas cuatro novelas (La amiga estupenda, Un mal nombre, Las deudas del cuerpo y La niña perdida) que, en realidad, constituyen una sola: la vida de dos mujeres que son amigas desde la infancia hasta la vejez.
En El amor molesto, la primera de las tres novelas, Delia desanda los pasos recorridos por su madre durante las horas previas a su traumática muerte, ahogada. Esta búsqueda casi frenética por saber lo que le pasó a Amalia, su madre, la sumerge en otra pesquisa: un análisis doloroso del pasado de su familia: quién era Amalia, las mentiras, los secretos que marcaron su vida y, también, la de Delia.
Los días del abandono, la segunda novela, está protagonizada por Olga, una mujer abandonada repentinamente por su marido después de quince años de matrimonio y que debe quedar a cargo de sus dos hijos pequeños. La caída libre hacia el abismo es lo que transmite cada una de sus palabras, de sus actos, de sus gestos. La escena -tal vez una de las más logradas de las tres novelas- en la que Olga se queda encerrada en el departamento con el hijo enfermo, el perro moribundo y una hija demandante da vértigo de principio a fin. No en vano Olga repite las frases previas al desenlace de Ana Karenina: "¿Dónde estoy? ¿Qué estoy haciendo? ¿Por qué?".
En La hija oscura, la última novela, Leda se toma unas relajantes vacaciones y empieza a involucrarse con una familia a la que conoce en la playa. Está integrada por bulliciosos napolitanos que la atraen y la repelen a la vez. Poco a poco, en Leda empieza a desarrollarse una especie de obsesión voyeurista casi obscena que denota un desprecio y un apego que, aunque ella no lo advierta, grafican a la perfección la forma de vincularse con sus afectos, sobre todo con sus hijas. El comportamiento de Leda, en especial en relación con la muñeca de una niña de esta familia, pone en evidencia la frialdad y crueldad de su accionar.
Delia, Olga y Leda están unidas a una cuarta protagonista: Nápoles, que se presenta como ese pasado del que las tres lograron huir físicamente (a Roma, Turín y Florencia, respectivamente), pero que las acosa y las sigue marcando en cada uno de sus actos, aunque las tres -años más, años menos- rondan los cuarenta a fines del siglo XX. Nápoles cobra forma a partir de un dialecto tosco, hostil y violento que refleja lo más visceral y rudimentario, ya que expresa las pasiones más bajas. El constante intento de estas mujeres de borrar su origen nunca alcanza para eliminar las imborrables marcas de nacimiento que no desaparecen de sus vidas por más esfuerzos que hagan.
Elena Ferrante, cuya identidad sigue siendo un corrosivo enigma que aún nadie ha logrado desentrañar, define en Frantumaglia, un libro de 2003 no publicado aún en la Argentina, precisamente el significado de ese título: "Mi madre me ha dejado un término de su dialecto que usaba para decir cómo se sentía cuando era arrastrada en direcciones opuestas por impresiones contradictorias que la herían". "Frantumaglia", como aclara el prólogo de Edgardo Dobry en Crónicas del desamor, quiere decir en italiano "triturar, moler, hacer trizas". Y de eso hablan estas tres mujeres, estas tres novelas en las que Ferrante, valiéndose de las trizas, los despojos y las hilachas, ha construido tres textos en los que ya se sienten sus afiladas garras de potente narradora y creadora de universos femeninos intimistas, siempre impiadosos y descarnados, pero crudamente realistas. Es decir, creíbles.
CRÓNICAS DEL DESAMOR. Elena Ferrante, LumenTrad: J. Bignozzi, N. López Burell y E. Dobry. 532 págs., $

M. J. R. M. 

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