viernes, 22 de septiembre de 2017

UN MUNDO DE JUGUETES

Todos hemos regresado un poco a la infancia cuando vimos esas fotografías: en las tres imágenes la niña está abrazada a su muñeco, a punto de dormirse, durante un viaje en el auto familiar y cuando aguarda su turno en una calesita. Hemos regresado a la infancia con una punzada en el corazón porque el muñeco de felpa (un hipopótamo al que la pequeña llama en su media lengua "Pipótamo") se ha perdido y el padre de la niña nos ha hecho saber en las redes sociales que su hija no puede estar sin esa compañía. Cómo no comprender esa sensación de vacío cuando tantas veces hemos visto a nuestros hijos durante la noche durmiéndose abrazados a sus muñecos, maltrechos de tanto estrujarlos y mordisquearlos, sintiéndose protegidos por ellos como si poseyesen los poderes mágicos de un talismán.
Mi madre aún recuerda, aunque han pasado desde entonces casi ochenta años, los juguetes que su padre construía para ella valiéndose de frutas y hortalizas. A falta del dinero suficiente para comprarle los juguetes que mi madre anhelaba cuando los miraba embobada en los escaparates de las jugueterías, con la amorosa fuerza de su ingenio mi abuelo transformaba la escasez en pepitas de oro. Como el escultor que con su martillo y su cincel se dispone a descubrir una pieza de arte en la piedra o en el mármol, quitándole el material residual que la encubre, extraía cuatro ruedas de camión de una papa y de la zanahoria, el cuerpo de un carruaje. El resto lo hacía la afiebrada imaginación de mi madre, como suelen hacerlo todos los niños de este mundo.
Siempre me he preguntado por qué razón los niños eligen casi invariablemente animales entre sus juguetes favoritos. También en los libros de cuentos ilustrados abundan osos, leones, ardillas, elefantes y jirafas a las que los niños reencuentran luego cuando visitan encantados el zoológico, que pese a sus innecesarias crueldades es uno de los paseos memorables de la infancia. Una razón posible es que esos muñecos de trapo y estopa (materiales luego reemplazados por otros que impuso la industria) encienden su imaginación y los ponen a conversar. En esas conversaciones imaginarias aprendemos las palabras y a comprender el mundo. En esos diálogos de fantasía los niños casi siempre les prestan sus voces deformadas a los muñecos para que estos les respondan y cobren vida. La convicción con la que afrontan esa escena imaginaria es la misma que los guía en los juegos infantiles y la misma, también, que a lo largo de la vida les permitirá disfrutar de la literatura, el teatro o el cine. Esa suerte de fe poética es la que les permite creer (y disfrutar) de la mentira.
Quizá ese diálogo sea en cierto modo un ensayo de la vida. En esa conversación temprana de la niñez nos apropiamos del lenguaje, pero también experimentamos los primeros sentimientos de amor y de rechazo. Un oso es tan solo un oso hasta que un pequeño lo aprieta entre sus brazos, le impone un nombre y comienza a hablar con él. Cómo no recordar a nuestros hijos en la noche, durmiendo abrazados a ellos, apretándolos contra su pecho y cuidándolos de las amenazas que trae la oscuridad, pero sintiéndose a la vez resguardados por esa presencia en medio de la noche.
Cierta vez, hace muchos años, cuando había partido con mi mujer y mis hijos a una excursión familiar que iba a alejarnos unos cuantos días de nuestra casa, debí emprender súbitamente el regreso para recoger el mono de trapo que mi hijo menor había olvidado en su dormitorio y del que no estaba dispuesto a separarse un solo minuto. Durante algunos kilómetros pensé que la decepción pasaría pronto, pero el llanto desconsolado y sin pausa que lo acongojaba hizo que me diera cuenta del profundo sentimiento de vacío y soledad que le provocaba esa ausencia.
Mientras leía la noticia del hipopótamo extraviado, recordé otra vez la memorable secuencia que inaugura El ciudadano, la extraordinaria película de Orson Welles. En ella el magnate de la prensa que lo ha tenido todo muere en la vasta soledad de la mansión Xanadú. Kane está sentado en un sillón, triste y derrotado, y antes de expirar pronuncia una sola palabra mientras cae de su mano una bola de nieve que estalla en el suelo: Rosebud. Rosebud es el nombre del trineo con el que Kane había jugado durante su infancia. En ese objeto añorado se cifraban la candidez y las ilusiones de la infancia, un tiempo que jamás podrá ser recobrado.
V. H. G.

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