martes, 31 de julio de 2018

HORFANDAD


Un amigo muy cercano acaba de perder a su madre. Es mi hermano, casi, pero la mañana en que sucede nos advierte a las personas que más quiere en este mundo que apagará su teléfono celular durante el largo fin de semana que le espera. Solo precisa estar en silencio, a solas, una vez que terminen los penosos trámites administrativos que siguen a la muerte de una persona. Cuando hayan transcurrido cuatro días, el tiempo en que se sumió en un estado de recogimiento, me contará que una de esas noches de clausura se sirvió un whisky, se tendió en la cama y solo entonces pudo llorar. El llanto de un hombre herido: seco, manso, breve, sin testigos.
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Había comenzado a distanciarse de su madre hacía muchos años, dos o tres visitas fugaces cada temporada, el encuentro breve de dos personas que nada tienen ya para decirse porque no tienen fuerzas siquiera para hacerse reproches; las cartas se han jugado hace ya mucho tiempo en una vida que le parece remota, como si esos hechos pretéritos -las caricias y los juegos de la infancia, el abrazo con que su madre lo abrigaba cuando se disponía a conciliar el sueño, las conversaciones tempranas en las que ella le enseñaba el mundo cuando iban juntos al teatro- hubiesen sido vividos por otra criatura, y entonces él ahora los evoca con esa emoción profunda, pero a la vez distante, con que se recuerda un pasaje especialmente conmovedor de una obra de Arthur Miller o Tennessee Williams. El tiempo fue ahondando ese abismo hecho de ausencias y silencios, de modo que la muerte le trajo menos un sentimiento punzante de dolor que la tristeza profunda que provoca el desamparo.
Sintió el frío helado de la intemperie. Su padre murió hace muchos años. Se ha quedado de pronto a solas en el mundo, rodeado de amigos que lo queremos como se quiere a un hermano, o quizá todavía más, con ese límpido sentimiento de hermandad elegida que no se atiene a las convenciones sociales, pero el reparo que brinda la amistad no ha conseguido atenuar el hondo sentimiento de vacío y soledad que ahora lo abruma. Está tendido en la cama y siente que lo envuelve un silencio nuevo, porque sabe que las primeras voces que escuchó en su vida -trata de imaginar el vago temblor de la voz de su madre que sentía cuando aún estaba en su vientre, sonríe- se han apagado para siempre.
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Se asombra de la naturalidad con que la memoria atraviesa años enteros de vicisitudes, sin demorarse demasiado en ellas, no importa cuán significativas hayan sido, y acude presurosa a las primeras cosas. Vienen a su mente tres o cuatro escenas del despertar en la infancia, los momentos que inauguran una vida y que muchos años después habremos de rememorar con nitidez como lo hace él ahora, aunque en medio de esa ensoñación muchas veces no sepamos si el recuerdo nos pertenece del todo o si en el curso de los años ha crecido en nuestro interior moldeado por la memoria de nuestros abuelos y nuestros padres, nuestros primos y nuestros tíos, idéntico cada vez y sin embargo distinto gracias a la fabulación de los adultos, porque a medida que el tiempo transcurre casi siempre las historias van cobrando nuevos brillos y se acrecientan la bondad, la ternura y el heroísmo.
El fruto de esa imaginación afiebrada son las historias que suelen encender la fantasía de los más pequeños. Cuando los años pasan, nos preguntamos entonces si aquella aventura fabulosa que durante tantas noches nos contó nuestro abuelo (la vida durante la niñez y la adolescencia en el Delta, las tormentas demenciales que todo lo arrasaban, las brazadas con que devoraba el río tumultuoso en plena noche para llegar a besar a la muchacha de la que estaba enamorado) no habrá sido apenas consecuencia de sus grandes esfuerzos por acicatear nuestra enfebrecida imaginación. Pero dudamos de la veracidad de ese cuento tan solo un segundo, porque también nosotros disfrutamos de los excesos de esas historias que ahora, cuando hemos pasado ya el mediodía de nuestras vidas y se adueña de nuestro espíritu la melancolía, recordamos con agradecimiento y una sonrisa.
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Era de madrugada cuando se dispuso a dormir. Había bebido lo suficiente. Se cubrió con una manta, apagó la lámpara de noche. Permaneció a oscuras a la espera de que lo ganara el sueño. Con los labios todavía húmedos por el alcohol, quiso despedirse. Dijo "mamá, adiós, mamá", el modo en que la había nombrado cuando era un niño.

V. H. G

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