lunes, 26 de diciembre de 2016

EN "EL ESPACIO MENTE ABIERTA"; JUAN CARLOS DE PABLO


Desde hace varias semanas, notable cantidad de energía política y de medios de comunicación gira alrededor de la modificación del tan discutido impuesto a las ganancias. Pero el debate no puede agotarse en los aspectos políticos y de presentación ante la opinión pública. ¿Qué diría al respecto un "marciano" experto en cuestiones impositivas recién llegado a la Tierra?


Al respecto conversé con el francés Nicolas-François Canard (1750-1833), a quien el Instituto Nacional de su país lo premió por un ensayo sobre el impuesto único. Según William Jack Baumol y Stephen Michael Goldfeld, el hecho se convirtió en una verdadera desgracia para él, porque se ganó el fastidio de economistas como Juan Bautista Say, Antoine Augustin Cournot, William Stanley Jevons, Joseph Louis François Bertrand y Joseph Alois Schumpeter, siendo finalmente rehabilitado por Ross M. Robertson y Reghinos D. Theocharis.
-Imaginemos que tanto el oficialismo como la oposición, cansados de pelear, le encargaran a usted que elaborara una propuesta para modificar el impuesto a las ganancias que deben tributar las personas. ¿Qué haría en ese caso?
-El diseño y el cobro de los impuestos es una actividad que se realiza desde hace muchos siglos. Sin ir más lejos, Mateo, uno de los evangelistas, recaudaba impuestos. De manera que hay mucha experiencia al respecto, que no debería ser desaprovechada en estos momentos en los que tanto se debate sobre el tema.
-Insisto, ¿qué haría?
-Tomaría las escalas y las alícuotas que rigieron en la década de 1990, las inflaría sobre la base de índices de precios no dibujados, generando nuevos niveles nominales. Además de lo cual diseñaría un mecanismo automático para ajustarlas de aquí en más, quitándole al gobierno de turno poder discrecional.
-¿Y en cuanto al modo de financiamiento de la reforma?
-Me olvidaría de la propuesta planteada por la oposición. Porque cuando tuvo que concretar, resulta que gravar "la renta financiera" implicó cobrarle impuesto a los plazos fijos, en un país donde la tasa de interés nominal está muy por debajo de la tasa de inflación; gravar "el juego" implicó cobrarle una patente a las máquinas tragamonedas, gravamen fácilmente trasladable al jugador, y ni qué hablar de cobrarle un impuesto a los propietarios de los "inmuebles improductivos". Yo me pregunto: ¿No tenían dentro de sus filas a algún asesor que supiera algo de impuestos, para evitarles el papelón técnico por el que pasaron?
-Pero, ¿cómo lo financiaría?
-¿Seguro que ninguna porción del gasto público se puede ajustar? En la Argentina, el gasto público del Estado nacional, los provinciales y los municipales, aumentó 15 puntos porcentuales desde el abandono de la convertibilidad, pasando -en números redondos- de 27% a 42% del producto bruto interno (PBI). ¡No me diga que no se puede ajustar nada, porque no se lo creo!
-¿Por lo demás?
-Veamos... La técnica impositiva dice que la base imponible tiene que ser lo más general posible, para dificultar la elusión (quien grava los depósitos superiores a 1,5 millones de pesos está invitando a fragmentarlos). Desde este punto de vista, los mejores impuestos son el impuesto a las ganancias (entendido como impuesto a los ingresos, neto de los gastos necesarios para obtenerlos), al valor agregado, a los bienes personales, etcétera. Siempre está bueno recordar que todo incremento de la presión impositiva aumenta los incentivos para volcarse hacia la economía informal, cosa que -según nos enseña la historia- no se arregla con inspectores u otra clase de bravuconadas.
-Me está diciendo que estamos delante de una cuestión técnicamente muy difícil...
-Le digo más, combinando la política y la economía. El mejor proyecto desde el ángulo técnico tendrá que competir con otras iniciativas fiscales, porque ninguna política económica se da en el vacío. La experiencia muestra que en su país, en materia fiscal, impera la "fuerzocracia". Ejemplo: los movimientos sociales consiguen dinero antes que los contribuyentes impositivos, porque los primeros cortan las calles y las rutas, mientras que los segundos se limitan a hablar mal de la mamá de los funcionarios.

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