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viernes, 6 de julio de 2018

LA PÁGINA DE JORGE FERNÁNDEZ DÍAZ


La historia del arte comienza en el Louvre y continúa en el Museo de Orsay. Allí irrumpen Ingres y sus desnudos, Chassériau (Yaserió) y el desafío a combate de dos jefes de tribus árabes, Regnault (Reñó) y su fuertísima ejecución sin juicio, donde un verdugo acaba de decapitar a un hombre. Y al fondo, una minuciosa maqueta que corta al medio el gran teatro de la Opera Garnier de París.


Museo de Orsay en París.
A su vez, en aquellos tiempos los puestistas preparaban pequeñas maquetas sobre las puestas en escenas de las óperas en las que estaban trabajando, y se han conservado algunas de ellas: parecen casas de muñecas, miniaturas que son en sí mismas obras de arte. Caminamos sobre un vidrio que transparenta otra maqueta: el mismísimo centro histórico de París. Parece que volamos sobre la ciudad.
León Benouville inicia la recorrida con mártires cristianos entrando en el anfiteatro de Roma. Santos con cruces y aureolas son tratados con desprecio y escepticismo por los senadores romanos.
Pronto los cristianos los desplazarían y edificarían su propio imperio, a veces tan cruel e incluso más irracional que el anterior. Bourguereau retrata a Dante y a Virgilio mirando cómo los hombres luchan entre sí desnudos; uno le muerde la garganta a otro. Sobrevuela un sentido vampiresco y antropófago. Estamos en el infierno.
Pero ya en ese punto de la historia, la pintura comienza a sufrir mutaciones drásticas. Ya no se trata de trazos definidos y detallistas, sino de técnicas que transmiten atmósferas e impresiones.
Monet lo cambia todo, con su propensión a pintar durante treinta años su propio jardín, que convirtió en un laboratorio de colores y de luces. Aquí están sus tres estaciones.
Pero luego lo rencontraremos en el Pompidou, en el Museo de Arte Moderno, en colecciones privadas y, sobre todo, en L’Orangerie, un lugar donde perviven para toda la eternidad sus dos grupos de paneles.
Que fueron ensamblados según sus instrucciones y que crean una unidad. Le dicen la Capilla Sixtina del Impresionismo. Uno entra y se sienta a contemplar esos paneles curvos, donde todo es vegetación, verde, flores y nenúfares.
Donde no hay cielo ni puntos de referencia, y donde se crea un extraño microclima que te transporta a ese laberinto de naturaleza calma y llena de matices. El efecto es sedante, asombrosamente curativo; uno sale distinto de esa experiencia sensorial.
Manet logra llevarnos casi literalmente a ese jardín envolvente, y andamos por su centro, y hasta podemos oír de manera imaginaria los murmullos de la espesura, los gorjeos de los pájaros, los sonidos del agua mansa. Es un auténtico milagro de la pintura.
En el subsuelo de L’Orangerie, está la fabulosa y multimillonaria colección legada por el marchand Paul Grillame. Este buen señor atesoró en su casa 23 Renoir, y muchas pinturas de Monet, Gauguin, Picasso, Cezanne, Matisse y Modigliani.
Todos ellos tienen también su sitio en Orsay, que seguimos recorriendo. Allí todavía quedan restos de las antiguas formas. Guillaumant relata a hombres de turbante elevando las manos al cielo, en una plegaria y sobre un desierto impactante.
El desierto, con soles lejanos, con su crueldad y su belleza indómita, es un tema que capturó a los artistas franceses en una época donde Oriente traía imágenes exóticas, muy valoradas en las salas de París.
Ramsés en su harem de 14 mujeres poseídas por el erotismo, odaliscas recostadas, cadáveres al sol durante una rebelión marroquí. Un carrusel de Oriente para deleite del imaginario occidental.
Después Daumier aporta, con trazos económicos, a Don Quijote y Sancho Panza. Son apenas rasgos brevísimos. Es un gran caricaturista, que inmortaliza, a veces ridiculizándolos, a los hombres poderosos de la época.
Esos retratos para periódicos pasajeros son hoy arte mayor de la cultura. Como lo son los dibujos de nuestro Sábat en la Argentina. También está aquí Bonard con sus pinturas japonesas, sus cuadros de intimidad, sus mujeres indolentes.
Y Maurice Denis se dedica a dibujar a los artistas de la época: Bonard fuma una pipa, con sombrero, bastón y quevedos. Su duelo evidente es con Tolouse Lutrec, y su danza del Molin Rouge.
En la historia del arte hay pintores extraordinarios, pero no todos han logrado ser inconfundibles a golpe de vista para el gran público. Gauguin, Van Gogh, Monet, Picasso y Cézanne lo son. Bonard, Manet y Degas, no lo son. Aunque sean igualmente maravillosos.
En la planta baja, un poco recogido y ajeno al gran paseo del Orsay, tal vez para no ofender a nadie, aparece solitaria “El origen del mundo”, de Gustave Courbet.
Una obra mítica que muestra con perturbador realismo la entrepierna de una mujer y que levantó escándalos y fue prohibida en distintas ocasiones. Es una imagen muy poderosa y uno siente, frente ella, una indefinible inquietud.
Monet y sus paisajes insinuados y sus plantas y sus damas gráciles. Renoir y su mujer regordeta, su gato, sus niñas tocando el piano, su lectora inmersa en una novela placentera.
Cézanne, a quien tanto admiraba Hemingway, mostrando con trazos despojados a un jugador de cartas: allí la teoría de la punta del iceberg (lo más importante permanece oculto y hay que adivinarlo) funciona de manera precisa.
Degas y sus famosas bailarinas azules y su trabajo sobre la elegancia frágil. Es como si hubiera caído la tarde, y todo fuera crepúsculo y susurros humanos y rumores naturales, y en las casas ganara la nostalgia serena: impresionismo puro y a pleno.
Después irrumpe Manet, con un pelirrojo de barba y con sus ojos traslúcidos, retratado junto al gran poeta Baudelaire, serio elegante, sobrio, quizás doliente. Y más adelante, su rubia de senos desnudos.
Y finalmente un hito de la época: “El almuerzo sobre la hierba”, referencia obligada de sus colegas de todos los tiempos. Una mujer desnuda, más onírica que real, se infiltra en una conversación entre dos hombres.
Monet, su rival, ataca con “Almuerzo sobre la hierba”, que es un picnic meramente sensorial. Monet y Manet se parecen mucho, pero también son diametralmente opuestos.
Finalmente, Manet pinta a un hombre que le lee un libro a su mujer. Es una lectura amorosa, como cada noche hago yo con Verónica. Le leo a mi esposa antes de dormir, como ya he dicho, páginas cortas de “París era una fiesta”, donde se cuenta la belle époque, los años veinte de esta ciudad inabarcable.
Hemingway escribió, en el ocaso de su vida, estas memorias de costumbres y anécdotas sobre calles, comidas, poetas, cuentistas y pintores de la primera posguerra. Gertrude Stein, Ezra Pound, Ford Madox Ford, Scott Fitzgerald pasean por esa galería.
También las callecitas, los cafés, los vinos, las delicias parisinas de entonces y de siempre. El otro día, siguiendo sus huellas, en un día destemplando que parecía otoñal, subimos por la rue Cardinal Lemoine buscando el número 74, donde vivió y escribió sus magníficos cuentos.
Por el camino, en el número 71, descubrimos la casa donde James Joyce había terminado el “Ulises”; también la increíble Biblioteca de Literaturas Policiales y, finalmente, ese antiguo edificio donde el autor de “El viejo y el mar” vivió su bohemia.
Hoy es una casa particular con puerta azul y portero eléctrico, junto a una agencia de viajes que de manera oportunista se llama “Under Hemingway’s”. Un poco más adelante, está también la casa del gran poeta Paul Verlaine, ahora convertida en un delicioso restaurante.
En una inscripción se lee parte del párrafo final de las memorias de Hemingway. Dice así: “París no se acaba nunca, y el recuerdo de cada persona que ha vivido allí es distinto del recuerdo de cualquier otra.
Siempre hemos vuelto, estuviéramos donde estuviéramos, y sin importarnos lo trabajoso o lo fácil que fuera llegar allí. París siempre valía la pena, y uno recibía siempre algo a truque de lo que allí dejaba. Yo he hablado de París según era en los primeros tiempos, cuando éramos muy pobres y muy felices”.

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