viernes, 16 de diciembre de 2016

HABÍA UNA VEZ....


Hace poco, después de cenar con mi madre, le pregunté cuál era el objeto más preciado que conservaba. No esperaba que la respuesta me sorprendiera. Conozco más o menos de qué están hechos sus días y las cosas de las que se rodea. Supuse además que lo pensaría un poco. Por eso mi primera sorpresa fue que se levantara inmediatamente de la silla sin el más mínimo atisbo de duda.
-Esperá que ya te lo traigo -me dijo resuelta mientras desaparecía por el pasillo, como si hubiera estado esperando mi pregunta. Quedé solo en la mesa con el café caliente y la sensación de que estaba a las puertas de una revelación.



Volvió con un pequeño pajarito bañado en plata que jamás había visto. Lo puso sobre la mesa para que ambos lo contempláramos. No pude resistir la tentación de tomarlo. Era pesado, macizo, con la forma perfecta de un gorrión de pecho inflado. Tenía las dos alas plegadas y el pico entreabierto, como si estuviera cantando. Como objeto, resultaba inútil y hermoso. Era la primera vez que yo lo veía. Pensé en lo mucho que desconocemos de aquellos a quienes vemos a diario.
-Era de tu abuela -dijo mi madre, sacándome de mis pensamientos-. Lo tenía en su placard, en el estante donde guardaba sus joyas, sus chucherías y sus perfumes.
Cuando mi abuela murió, mi madre tomó el pájaro y lo llevó a su placard, donde hoy custodia sus propias joyas, chucherías y perfumes. No me costó nada vincular ese objeto con mi abuela. Recordé cómo me gustaba de chico quedarme a dormir en su departamento de Belgrano, donde yo ayudaba a mi abuelo a ordenar sus libros y de donde partíamos con mi abuela a mi paseo favorito, el zoológico, o a las hamacas que había al lado de la iglesia La redonda, en Obligado y Echeverría.
-Esperá -dijo mi madre-. Hay otra cosa más importante.
Fue hasta la biblioteca y trajo de allí una boquilla de marfil larga y blanca, de la cual yo tampoco tenía noticia.


-También de mi abuela -arriesgué, acaso recordando alguna vieja fotografía.
-También.
Cuando era chica, dijo mi madre, esa boquilla la llenaba de vergüenza. Mi abuelo era director del hospital Domingo Funes, de Villa Caeiro, y una vez por semana llevaba a su mujer y a su pequeña hija de paseo a Córdoba capital. Corría la década del 40 y en la confitería La Oriental las miradas se concentraban en esa mujer bella y elegante que entraba fumando en boquilla con aire desafiante, como una Lauren Bacall de provincia, cuando no con un turbante en la cabeza al mejor estilo Carmen Miranda. Mi madre quería esconderse bajo la mesa. Más de cuarenta años después, le pidió a mi abuela esa boquilla ya en desuso.

-¿Para qué la querés? -fue la respuesta-. Cuando me muera te la llevás.

Es raro que mi madre nunca nos haya hablado a los hijos de ese pajarito plateado y de esa boquilla de marfil. Lo que no es raro es que los conserve como una forma de seguir en compañía de su propia madre. De algún modo, esos objetos han de rescatar para ella la figura de mi abuela en el esplendor de sus 30 años, cuando brillaban en ella dos cualidades que mantuvo hasta el fin de sus días: la osadía y la libertad.



Paradójicamente, esa mujer expansiva y despreocupada se había casado con un médico de perfil bajo inclinado a la poesía y la introspección. Se llevaban de maravilla, aunque en mi adolescencia yo he sido testigo de cómo, cuando no sobraba el mango, se escondían mutuamente ciertos consumos a los que no podían resistirse. La inversión en algunos libros, mi abuelo. La compra de otro par de zapatos, mi abuela. A mí me divertía convertirme en cómplice de los dos, aunque sospechaba que cada cual estaba al tanto de las debilidades del otro y que en consecuencia el verdadero engaño consistía, precisamente, en mantener el engaño.



De mi abuela me habría gustado heredar su sentido de la libertad. Me queda de ella, de eso estoy seguro, la mejor de las memorias. De mi abuelo en cambio conservo varios libros y otra cosa que quizá me salve del apuro cuando alguien me pregunte cuál es mi objeto más preciado. En ese trance, haría como mi madre. Buscaría el modo de traficar dos. 


Por un lado, la guitarra que mis padres me compraron a los 13 años y que me ha acompañado a lo largo de mis varias vidas con conmovedora fidelidad. Por el otro, la máquina de escribir marca Royal que heredé de mi abuelo materno. En ella martillé mis primeros escritos y en ella di los primeros pasos de un viaje que hoy me trae a esta página y a esta historia.
H. M. G. 

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