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viernes, 6 de julio de 2018

LA INDIGNACIÓN


MIGUEL ESPECHE

Usted dice algo que piensa o que siente, y lo dice de buena fe. De repente, alguien, un interlocutor determinado, se muestra indignado por lo que usted ha manifestado, sugiere cosas horribles implícitas en sus palabras y usted, por supuesto, se aterra, no sin algo de culpa, y tiende a defenderse, suspendiendo el desarrollo de su pensamiento.
El fenómeno está ocurriendo muchísimo. La indignación a repetición está tiñendo el diálogo y llenando de temor los intercambios entre las personas. Cualquiera se ofende, se indigna, y de esa manera se dispara munición gruesa contra aquel que dijo lo que dijo, generando un clima que obtura cualquier pensamiento compartido. En Twitter, en la televisión o en los medios gráficos o de internet, pero también en las familias, en los colegios. cualquier cosa es motivo de indignación y ofensa. Todo se ve con ánimo susceptible, pidiendo foul al menor toque, con la consiguiente indignación en el caso de que no se cobre de acuerdo con la propia conveniencia.
"¿Cómo pudiste decir eso?", "Es increíble la barbaridad que acabás de decir", "Eso de pretender ordenar las cosas es de autoritario", y así todo. Ya no se trata del análisis del discurso, sino de disparar contra lo dicho y, sobre todo, contra la persona que lo dice. Todo se cataloga como incorrecto, machista, feminista, izquierdoso, derechoso, retrógrado, autoritario, mentiroso, y de esa manera hasta el infinito.
Como quien no quiere la cosa, la palabra compartida pasa a ser policiada. El "qué dirán", del que tan mal se ha hablado desde la modernidad libertaria, ha vuelto para quedarse desde un nuevo moralismo rígido y vigilante, ahora en clave de corrección política, una forma pasteurizada de nombrar el control social sobre el pensamiento.
Es real que muchas cosas que antes se decían y ahora quedan mal eran parte de una forma de percibir la realidad violenta, despectiva, etc... Pero la sanación no pasa por habilitar que la medicina termine siendo un veneno que nos corroa a todos. Y menos cuando se "industrializa" la cuestión para dominar el discurso desde la indignación metódica.
El tema de fondo es la buena fe. Los de indignación fácil prefieren suponer que los otros no la tienen. Por eso, como decíamos antes, atacan a la persona, su integridad, su moral, su inteligencia, y no tanto su decir o sus ideas. Se va al cuerpo, no a la pelota, lo que es una manipulación inducida con el fin de ganar "poder" en el discurso, descalificando al otro como tal, no tanto argumentando.
El efecto psicológico es el miedo que no se ve, pero se siente. Y eso es lo que está impregnando el intercambio de todos nosotros. No se logran evoluciones éticas a través de una "mazorca" que vigile las palabras correctas o incorrectas, o queriendo demostrar superioridad moral en forma permanente.
Será cuestión de aprender a mirar la buena fe del otro, y desde allí lograr mejorar las cosas. Indignarse a mansalva no es algo con lo que se logre demasiado, salvo que el objetivo sea manipular para generar culpa y miedo con fines no demasiado santos.

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