miércoles, 25 de octubre de 2017

SOMOS PADRES; NO AMIGOTES


El peligro de endiosar a los hijos
Creen que deben compensar a los niños por haberlos traído a un mundo cruel y los adoran, pero no los educan
Miguel Espeche

 

Antes se juraba por Dios, pero hoy se jura por los hijos. "Dios ha muerto", dijo Nietzsche, y quienes de alguna manera lo creen así, a falta de aquella certeza de un cosmos ordenado por designio divino, encuentran en sus hijos el último destello de lo absoluto y el punto fijo a partir del cual mover el universo.

Padres "helicóptero", miedosos, controladores o culposos. mucho se habla, a veces con crueldad, de los padres modernos y sus dificultades para asumir su función. Parecieran tener como común denominador una mezcla de angustia y culpa, una vivencia de debilidad en la confianza y una extraña delegación en los hijos de la autoridad que a ellos les corresponde. Comparten, esos progenitores modernos, la sensación de que deben compensar a sus hijos por el hecho de haberlos traído a un mundo cruel.



Eso los lleva, en muchos casos, a conductas que en poco ayudan a la hora de ofrecerles a los hijos ese orden primordial a partir del cual podrán crecer de la mejor manera.

Siempre fueron importantes los hijos, pero hoy, para una proporción de padres, lo son no sólo por el amor que por ellos se tiene, sino además porque muchos perciben que los chicos vienen a compensar ese Dios muerto y enterrado bajo la "insoportable levedad" líquida, resbalosa y desangelada que la modernidad propone.


La pareja en crisis, los sentimientos que van y vienen, el descreimiento, el cinismo disfrazado de inteligencia, las desilusiones y los espejismos hacen que la vida se haga difícil no por falta de fuerzas y deseos vitales, sino porque esa fuerza y ese deseo no encuentran el "punto fijo" sobre el cual hacer pie y desplegarse. Las certezas son mal vistas por sospechosas, las creencias son consideradas provisionales; la fe, una superstición, hasta que llegan los "hijos dioses" para salvar las cosas a través de una nueva fe monolítica que viene envuelta en pañales.


La paradoja es que mientras existen muchos chicos a la buena de Dios (valga la expresión) en condiciones de abandono y vulnerabilidad, otros muchos hijos, que no sufren carencias graves de orden económico, viven con sordo agobio el hecho de ser los nuevos dioses de una suerte de religión que los entroniza como tales. De ellos, y sólo de ellos, parece emanar el sentido de la vida. Satisfacerlos es el único mandato de esa religión. No vienen esos chicos a incorporarse a un mundo que tiene sentido, sino que vienen a generarle sentido a un mundo que, para muchos, carece de aquél.
Como aquel último emperador del film de Bertolucci, muchos hijos prontamente perciben que vienen a ocupar un lugar central en el universo familiar. Como reyes, o como pequeños dioses, sus deseos son órdenes, se los provee de todo objeto que ellos pidan, se jura por ellos ("lo juro por Dalma y Gianinna", decía Maradona) como el valor supremo de la existencia y no se les pide nada a cambio. No deben los chicos endiosados, por ejemplo, honrar obligaciones ni respetar a los mayores, cuestiones que tanto bien les hace al aliviarlos de la presión de decidirlo todo a una edad en la que no deberían hacerlo.



El niño endiosado interrumpe la conversación de los grandes en forma permanente (y todos detienen esa conversación para escucharlo), atormenta con berrinches públicos por un helado antes del almuerzo, se para sobre la mesa y hasta come lo que le viene en gana, sin horarios ni un orden que provenga desde "afuera". Si ese niño se enoja por causa de una "marcada de cancha" de los padres, esos mismos padres a veces sufren el enojo filial con la angustia del feligrés a quien desgarra una culpa cósmica por no ser bendecido por el hijo, el pequeño dios.
Se considera que ser buen padre o madre, en ese contexto, es servirlos y darles "todo", olvidando que una dimensión del amor es posibilitar al chico que crezca, lo que sólo es posible cuando, además de los imprescindibles cuidado y cariño, se los ayuda con firmeza a ir asumiendo responsabilidades, no propiciando que se acostumbren a que otros asuman las que a ellos les corresponde.
A los hijos se los "adora", pero no siempre se los educa. Son, al menos en apariencia, un centro de certezas para padres llenos de dudas. "¿Quién soy yo para decirle a él lo que está bien y lo que está mal?", preguntan algunos padres, creyendo que eso es otorgar libertad a un chiquito de corta edad. "El padre/la madre, ¿quién lo hará si no?", se les debe responder.
La mencionada "adoración" permite que muchos padres sientan que pueden hacer pie y vivir la entrega a un valor absoluto, a la pasión sin reparos, a la ausencia de especulación amorosa y a la suspensión de la duda perpetua, aquella que no existía cuando las certezas brillaban en clave de fe y optimismo.


Es demasiado para los chicos ese lugar en el que se los ubica. Ellos tienen que entrar en el mundo, no ser el eje del mundo ni, peor, ser la fuente de sentido del mundo.
Si ellos son esa fuente, pasa lo que le ocurría al mencionado emperador de la China: pareciendo poderlo todo, no podía en realidad siquiera salir del perímetro de la Ciudad Prohibida en la que residía. Sus deseos inmediatos satisfechos permanentemente le daban un poder sólo aparente, ya que en realidad le era impedido tomar ninguna decisión significativa respecto de su vida. La experiencia indica que lo mismo les pasa a esos chicos que son tratados como deidades a las que hay que satisfacer. Ellos, al crecer, no saben qué hacer cuando salen del perímetro de su propia "ciudad prohibida" para enfrentar la vida "real", lo que acarrea un sinnúmero de problemas.



La función paterna incluye ayudar a que los hijos puedan crecer, soportar frustraciones y asumir reglas que vayan más allá de ellos mismos. Es eso lo que les permite, a la larga, "ganar el pan con el sudor de su frente", ese pan que nunca sabe más rico que cuando se consigue a fuerza de labrar la propia tierra. Ciertas satisfacciones son fruto de un logro, no de un derecho. Los derechos son innegables y todos los conocen, pero en la actualidad se toman como derecho cosas que no lo son.
Los hechos indican que, en la medida en que los padres encuentran sus propias convicciones y deseos, pueden encontrar otros puntos de apoyo (que los hay) que no son sus hijos para poder manifestar su propia fuerza sin acudir al endiosamiento de su prole. Se sabe: a los hijos hay que amarlos, no necesitarlos, en un sentido utilitario del término. Por eso vale humanizar la mirada sobre ellos, dándoles el lugar de amor que les corresponde, la misma que les permite transitar su infancia como infantes y no como pseudoadultos tiranos.



Con su presencia, los hijos pueden ayudar a recordar a los padres la fuerza y la determinación dormida que éstos tienen. La experiencia muestra que ese despertar ocurre muy a menudo, cuando los padres encuentran dentro de sí capacidades desconocidas hasta entonces gracias al amor a sus hijos.
Lo anterior no significa que los hijos deban ser otra cosa que chicos que merecen ser guiados y tutelados, no ser puestos en el lugar cruel del monarca que, como aquel pequeño emperador de la China, creía ser un dios, cuando era tan sólo un chico que buscaba un lugar propio en el mundo desde el cual emprender su camino.
Psicólogo y psicoterapeuta

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